Rutina opaca

Está opositando. Lleva así años y su vida va cogiendo un color de rutina opaca. Su calendario lo marcan los exámenes y sus días libres se reducen a algún domingo de celebración obligada. Cuando empezó tenía muchos grupos de whatsapp, miércoles de cine y sábados de brunch. Hoy todo esto ya no existe. Los mensajes son sólo de compañeros de clase o de su madre diciéndole que le ha preparado tuppers para la semana. Se viste con ropa cómoda y ha cambiado la orientación de los muebles del salón para crear diferentes zonas de estudio. También va a una academia y sufre con pruebas ficticias que la sumen en una alegría que dura hasta el día D, cuando los nervios y la nota de corte la devuelven al punto de salida. Sigue opositando.

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Matrimonio en la distancia

Es de esas relaciones por las que nadie apuesta, un matrimonio en la distancia. Ciudades distintas les auspician de lunes a viernes y comparten hogar los fines de semana, puentes y vacaciones. Han vuelto de estar dieciséis días por las islas griegas y anhelan ese respiro que les ofrece su rutina semanal. Se despiden en el aeropuerto sin pena, él pensando en llegar al partido de pádel, ella en que la cojan para hacerse la pedicura. Se quieren a su manera y reservan para cenar con amigos el sábado en su restaurante japonés preferido.

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Sin daños colaterales

Su cara se relaja y sus ojos brillan cuando habla, sin tapujos, de su última conquista. Vive en las afueras de Sevilla, tiene el pelo lila y cinco gatos. Le gusta bailar samba y beber té de menta con hielo. La describe con sensibilidad mientras se acaricia la barba. Le preguntan por su anterior ligue y enseguida defiende a “lila” por encima de todo. Es martes. El fin de semana pone en su punto de mira a otras personas y su fidelidad flaquea. En la conversación del lunes una chica morena de perfil barroco, amante del jazz y de la comida hindú le tiene el corazón robado. Sus ojos brillan cuando lo explica sin darse cuenta de que el patrón se repite. Se enamora y desenamora con destreza y sin daños colaterales. Sus amigos le envidian, él se siente sólo.

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Run-run viajero

El mapa del mundo abierto sobre la mesa, caras ansiosas y ganas de escapar. Cerveza fría y lista de destinos en mano, empieza el juego de las coincidencias. Mongolia apunta ella, Canadá dice él. Nuevo turno. Madagascar ella, Cuba él. Más. Japón, Colombia. Ella sonríe, ese iba a ser su siguiente tiro. Perderse por el Valle del Cocora, abrazarse y no querer volver. Abren el ordenador y compran los billetes. Pronto volverán a cargar la mochila, a prescindir de lujos, a desesperarse ante las nuevas rutinas, a mezclarse entre otra gente intentando pasar desapercibidos. Se sienten libres sólo con imaginarlo. Se besan, se quieren y sueñan con ese run-run viajero eterno que esperan un día les lleve a pedir una excedencia, vender el coche, alquilar el piso y vivir.

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Punto final

Ayer cuando llegó a casa ella estaba en la cocina, recostada en la encimera leyendo una receta del libro que le regalaron estas navidades; apenas levantó la vista de la imagen del bacalao con sanfaina cuando él la saludó. Guardó la brompton, colgó la chaqueta y se acercó a darle un beso en la mejilla. Un gesto rutinario que ella acogió con más desidia de la habitual esta vez. Tras cenar se sentaron en el sofá, en silencio. Ella quería decir algo pero no encontraba las palabras, él la miraba, mucho, muy profundo. Entonces ella se lo dijo: quiero el divorcio. No dió más explicaciones, no sabía qué más decir, sólo que no quería seguir. Él la observaba mientras intentaba razonar, pero ambos sabían que llevan meses rotos y que la lucha no lo vale. Hoy al salir de casa ambos han ideado un plan. El de él pasa por un consejero matrimonial que les ayude a salvar las diferencias, el de ella es un piso de soltera donde poder rehacer su vida. Por la noche cuando llega a casa ella está en la cocina, esta vez releyendo los papeles de su abogado. Punto final a un matrimonio. Punto final a una mentira.

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Cuando existas

Vendrás a mi mesa, beberemos un Ribera del Duero y brindaremos todos mientras reímos alguna de tus bromas. Debatirás con mi padre sobre el último fichaje del Barça y te acabarás el postre de limón que ha hecho mi madre. Alabarás mi ternura, me retirarás el pelo de la cara y acariciarás mi espalda. Imitarás a famosos mientras jugamos al Monopoly y acostarás a mis sobrinos. Todo, para caerles bien, para hacerte querer. Retirarás los platos y pasearás por el salón mirando con curiosidad las fotos de la chimenea. Pedirás un cigarrillo, besarás mi mejilla, saldrás al jardín y conversarás con los vecinos. Todo cuando, de una vez, existas.

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Hipnotizada

Ahora recuerdo momentos de esa noche y tiemblo. Momentos como cuando tus amigos propiciaron nuestro acercamiento o cuando me contabas cosas que no tenían porqué, vidas pasadas que no me aportaban nada y rumores familiares inconexos. Momentos como cuando me mordiste con ansias, cuando me querías besar en público, cuando la gente te vanagloriaba, nos íbamos conociendo y querías saber todo de mí. Cuando decías que me llevarías a Nueva York y que viajaríamos por el mundo, que querías cenar conmigo y verme en la ciudad. Cuando hablaste de tu furgoneta, de hacer surf y de enseñarme a esquiar vislumbré mi posible mitad. Cuando hablabas de tus coches, tu competición y me guiñabas el ojo quería escapar despavorida. Pero seguí ahí, curiosa. Cuando dudaba y me abrazaste perdí el control, de hecho, creo que lo tuviste tú en todo momento. Ver que nos encendían las luces era sinónimo de muchas horas hablando, y seguía queriendo más. Más minutos juntos, más palabras y más mentiras que, a ratos, jugaba a creer.

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Podríamos haber sido gigantes

Preguntar por qué podríamos haber sido gigantes y nos hemos quedado en simples humanos, normales, con rasgos diferenciales habituales entre la multitud. Y recibir respuestas vacuas que no transmiten nada. Así me he despertado hoy, entre sudor y desasosiego tras una noche de vueltas y más vueltas que no me llevan a nada. Sé que todo depende de un gesto valiente… Y sé también que hoy no es el día.

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Aprender ciudades

Aprender otra ciudad es emocionante. Yo lo hice en noviembre y me encantó; quizá es a eso a lo que soy un poco adicta, a reaprender ciudades cada ciertos años. Al cabo del tiempo llega la maravillosa sensación de que hay otro sitio más donde te sientes en casa. En definitiva, “mi patria está donde están mis amigos”.

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Consejos de vida

Menos diez, voy justa de tiempo para entrar en la clase de los miércoles y no encuentro la llave de la taquilla. Estoy en el vestuario del gimnasio vaciando el bolso sobre un taburete buscando una llave diminuta que no encuentro. Voy a perderme la clase y empiezo a enfadarme conmigo misma por ir siempre con prisas, por la poca organización, por no haber comprado un llavero, por haber desayunado un croissant. El enfado va in crescendo. La clase ha empezado y decido sentarme y seguir buscando, me doy cinco minutos, si no la encuentro correré por la Diagonal. Me sereno. Y es entonces cuando capto la conversación de dos señoras de mediana edad unas taquillas más allá. Recién salidas de clase de aquagym se dan consejos de vida y una de ellas sentencia antes de entrar en la ducha “hay que estar preparado para afrontar las cosas, positivas y negativas, y saber que, a veces, las positivas también nos hacen sufrir”. Y sé que aquel pasar página fue bueno, lo sé. Tengo que saberlo.

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