Jarro de agua fría

Era una tos común. Una tos molesta de esas que aventuran catarro, y en tiempos pandémicos eso es un alivio. Era una tos constante que llevó a su mujer a vivir con insomnio y engancharse a hacer sudokus de madrugada. Un día tonto se lo comentó al médico y allí empezó el desmorone vertiginoso de su mundo. Ronda de analíticas, electrocardiogramas y tomarse la presión. Todo de diez, aunque la tos sigue, y no se va. Dos días después una radiografía presagia lo peor. La biopsia lo confirma. Sus días ahora sólo ven batas blancas, su cuerpo pierde vida y sus ojos ya no pueden brillar. Ha agotado todas sus lágrimas y lucha por ganar tiempo. Un tiempo que no le dan. Cada día aflora una nueva flaqueza. Parece imposible que hace apenas unas semanas estuviera jugando a pádel y bromeando con sus amigos. Parece increíble que ya no pueda disfrutar de una comida con sobremesa ni note el sabor del gintonic. Cómo iba él a saber que aquella carrera con sus nietos era la última, que no iba a haber más baños en alta mar ni excursiones al Balandrau, ni momentos despreocupados. Que la alegría que ha caracterizado siempre a la familia se vería ensombrecida. “A mi ahora me cuesta ser positivo”, dice. ¿Y a ti?, me pregunta. También, papá, también.

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Disfraz

Lágrimas
amagadas detrás de un ‘tot genial’
que ruboriza su cara.

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Me gusta (II)

Me gustan el desaliño estudiado, las manos grandes y los gestos que hablan. Dormir despreocupadamente, llevar el móvil en silencio y cruzar los pasos de peatones decidida. El olor a mar y el sabor a sal que queda en mis labios. Que me toquen la cabeza, me rasquen la espalda y me hagan cosquillas en los pies. Me encantan los bolsos grandes, las pulseras y los fulares. Mirar a los ojos, hablar a la cara. La adrenalina de saltar desde un puente y de liderar una reunión. Tomar un té verde caliente en la terraza, empezar a leer el periódico por la contraportada y hacer crucigramas. La piel suave en mí y la barba de dos días en él. El acento de les terres del ebre y la gente sin convencionalismos que se ha forjado su propia historia. Escribir con frases sencillas cargadas de dobles sentidos. Me gusta hablar, y sé escuchar, que me acaricien y acariciar. Los abrazos me pierden y reír es mi escudo. Un gin-tonic cortito en un bar de Gracia. Me muero por un buen beso, y adoro la complicidad. Me gusta cuando las cosas surgen, son naturales y sencillas. Leer entrevistas. La ironía sutil. Callejear por Barcelona y sorprenderme con rincones desconocidos. Las galletas príncipe, los susurros mañaneros y los planes improvisados. Me gustan la valentía y la lucha por ideales, cada uno los suyos. Las alteraciones insospechadas y los giros en el guion. Los diálogos incisivos y las conversaciones gustosas e interminables. El arte en su faceta más real, con locura y expresionismo. Un papel en blanco y un boli bic, y tiempo. Me gusta sentirme útil y pensar que algún día seré feliz.

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Me gusta (I)

Me gusta sentir que puedo comerme el mundo, que creo en lo que hago, que sé de lo que hablo. Me gusta imaginar vidas y mirar fotos que no dicen nada en general y para mí dicen mucho, y ponerles títulos y releerlos de vez en cuando. Me gusta ojear revistas de decoración y perderme recolocando las cosas en la estantería. Devoro libros para ausentarme y olvidar, y miro películas independientes que nadie definiría como preferidas y para mí lo son. Canto cuando nadie me ve y muevo rítmicamente el pie y la cabeza en el metro. Música de autor, de esa que me involucra y me pone la piel de gallina. Bailo con los ojos cerrados y el brazo en alto, sintiendo cada nota recorrer mi cuerpo. Adoro andar descalza y beber agua fría. Los vestidos de verano y llevar bailarinas. Disfruto con la soledad aún ansiando encontrar a alguien que me abrace y me coja de la mano y me invite a irnos lejos y descubrir. La primavera y el otoño. Los tulipanes. El frío, los jerséis gruesos y los sombreros. Envidio la ternura de quienes han compartido toda una vida. Viajar, conocer culturas, leer historias de mujeres valientes que afrontaron la vida de cara, y tumbarme al sol. Empaparme de la energía vitalizante del astro rey y dejar la mente en blanco. Adoro las aceitunas, las cerezas y el queso blanco, casi sin sabor. Como por texturas, con los dedos si puedo. Me estremezco con las voces roncas. Creo en las primeras impresiones. Camino con prisa y actúo por intuición. Mojarme los días de lluvia y sudar cuando hago el amor. Adoro hacer regalos porque sí y reunir a los amigos. Me gustan los olores que me evocan cosas, personas y recuerdos.

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Curva peligrosa

– ¿Conducías tú? 
– Sí. 
– ¿Estás bien? 
– Sí.
– ¿Seguro? No me refiero solo a los arañazos y las heridas… 
– Estoy bien. 
– ¿De verdad? 
– De verdad. 

Así, sin exclamaciones ni sobresaltos, un monótono y vacío ‘estoy bien’ resuena en mi cabeza acompañado del estruendo de las vueltas de campana, los cristales rotos, el golpe final, los minutos de silencio, la sangre y el sonido de las sirenas de la ambulancia.

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Título adjudicado

Una sonrisa se dibuja en tu cara
mientras “ella” parpadea en tu pantalla
ha costado aceptar que “yo para ti y tú para mi”.

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Aún no

Reapareces. No sé si por la pandemia, por la Navidad o por esos 40 años que acabas de cumplir, pero aquí estás. Insistiendo en verme, recalcando que nada ha cambiado en estos 20 años, que somos los mismos, que sientes lo mismo. Tiemblo. Te había olvidado, lo juro. Estabas ya sepultado debajo de mil historias de vida, fiestas, personas, mudanzas, trabajos, familia, viajes, enfermedades, decisiones… todo ha pasado por encima tuyo estos años, y apenas has asomado en alguna ocasión contada cuando en el autobús ha sonado tu nombre o en el gimnasio he saludado a alguien que se te da un aire. Ya no estabas para mí y has vuelto a marearme. No esperaba un traspié así hasta dentro de unos años, ya mayores, recuperándonos para esos últimos bailes de vida. Llegas antes de tiempo y no estoy preparada. Aún no. 

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¿Te atreves?

Al nuevo año le pido sentir, esa metáfora de saber vivir que llevo tiempo olvidando (posiblemente adrede, por comodidad). Dejar de dar vueltas, de dudar, de contentar. Dejar de querer comprender y simplemente dejarme llevar. Fluir y disfrutar del baile. Celebrar, reír, viajar, beber, conocer, hablar, querer, jugar, contemplar, afrontar, soñar, escribir, aprender, llorar, regalar, temblar, ligar, confiar. Ser valiente para que este año sea uno de los que suman, uno que tenga alguno de esos momentos ‘atrévete’ que aparecen diez o doce veces en la vida, en los que el mundo esconde su ironía, te pone contra las cuerdas, te mira de frente y te pregunta, ¿te atreves?

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Cuestión de perspectiva

Tiene 41 años, todos bien vividos. Desprende seguridad y hasta ahora se ha reprochado pocas cosas. Toma decisiones sin pensárselo mucho y no sufre con las consecuencias, sabe que todo es cuestión de perspectiva, que todo pasa. Estudió en un internado y tomó clases de japonés y de esgrima. Sus recuerdos de infancia se han ido desvaneciendo con los años y sólo piensa en ese día de Reyes en el Pirineo, con sus tres hermanos, comiendo gominolas y piruletas rojas. Su padre murió hace unos años jugando a golf, apenas le conocía, pero aún así acarrea con su vida póstuma cada mañana intentando sacar a flote el negocio “familiar”. Cuando las deudas le inundan y la cosa se tuerce aprieta los puños y enfoca en lo importante, ese profundo olor dulzón a fresa, y se sonríe y sigue adelante.

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Reaprender a vivir

Ayer estaba en la cola del banco cuando la vida se me reveló. La soledad nos persigue, a todos, aunque algunos la esquivan, otros la rozan y, los menos, la afrontan, sin paños calientes. Delante de mí tengo a un señor mayor al que la incerteza le acompaña desde hace poco. Enviudó después de 57 años y está reaprendiendo a vivir. Estar con alguien te da seguridad y cierta estabilidad. No estamos hechos para vivir sólos, aunque a él le está gustando. Desde hace unos días ha roto con alguna de sus rutinas y ahora escucha Rac1 mientras desayuna huevos revueltos con pan con tomate, baja a la playa con lo puesto, ha cambiado la butaca de sitio y, antes de acostarse, mira en bucle la reposición de los partidos del Barça de la temporada 91-92. Vive el momento sin más. Y me da envidia ese saber difuminarse con la sociedad, sólo y sin miedo al cambio.

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