Reaprender a vivir

Ayer estaba en la cola del banco cuando la vida se me reveló. La soledad nos persigue, a todos, aunque algunos la esquivan, otros la rozan y, los menos, la afrontan, sin paños calientes. Delante de mí tengo a un señor mayor al que la incerteza le acompaña desde hace poco. Enviudó después de 57 años y está reaprendiendo a vivir. Estar con alguien te da seguridad y cierta estabilidad. No estamos hechos para vivir sólos, aunque a él le está gustando. Desde hace unos días ha roto con alguna de sus rutinas y ahora escucha Rac1 mientras desayuna huevos revueltos con pan con tomate, baja a la playa con lo puesto, ha cambiado la butaca de sitio y, antes de acostarse, mira en bucle la reposición de los partidos del Barça de la temporada 91-92. Vive el momento sin más. Y me da envidia ese saber difuminarse con la sociedad, sólo y sin miedo al cambio.

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Contrapuntos alejados

‘Si se ha estropeado no era él’. Así de contundente ha sido mi alter ego; así de cruda la realidad. Y si lo pienso tiene razón. Las cosas tienen que fluir, con altibajos, pero fluir. Y nosotros no lo hacíamos. Nunca. Ni cuando se presuponía sencillo y sólo había que dejarse llevar; ni entonces lo conseguíamos. Jugabas conmigo a aparentar ser cosas que no eras y te vendías como alguien más adulto, a mi nunca me ha gustado la gente que se vende. Ni a ti la gente como yo que aboga por la conversación mundana y las personalidades auténticas, con historias entramadas detrás de cada acción. Por eso no fluíamos. Por mi poco fashionismo y tu demasiada palabrería. Por mi espontaneidad sencilla y tu talante estudiado. Por tu pasión deportiva y mi pasatiempo cultural. Por contrapuntos alejados ahora no queremos ni vernos. Y es mejor. Un tiempo de distancia es lo mejor.

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Idilio fugaz

Baja las escaleras de la estación a toda pastilla, tiene que llegar a Terrassa antes de las nueve para la rueda de prensa. Mañana el titular de los periódicos será suyo, se repite. Entra en el vagón y se queda de pie, mirando al infinito. Está nervioso, juega con su ipod buscando entre las canciones alguna que le lleve a junio, a la costa brava, a las cervezas de media tarde y los pantalones cortos. Mueve la cabeza mientras tararea en silencio. El vagón se vacía y nota unos ojos puestos en él. Mira de reojo esas Vans desgastadas y el bolso de piel sobre el que reposa el último libro de Kent Haruf. La gente entra y sale y él se reubica para poder seguir escrutándola. Ella sigue con curiosidad esa americana azul desenfadada, con moleskine en el bolsillo, de la que salían las notas de su canción favorita. “Si sonríe, me acerco”, piensa. “Si se acerca, le sonrío”, se dice él. Pasan las estaciones y su interés se diluye. El titular de mañana y el libro de Haruf vuelven a ser los protagonistas. Llegan a su destino.

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Juzgarse

Se ha divorciado hace poco. Se aburre con facilidad, necesita que constantemente le sorprendan, y eso no es fácil. Es sentimental, cambiaría su vida entera por amor del bueno, del que duele y te hace feliz a partes iguales. Es sensible, inestable, perfeccionista y pasa de la euforia a la depresión en segundos. Tiene talento, es inteligente y con un sentido del humor irónico que a pocos termina de gustar. Practica submarinismo y pesca en alta mar la cena de los domingos. Construye cabañas en los árboles por diversión, apaga la luz del porche antes de acostarse, silencia el móvil cuando está con la familia y respeta los límites de velocidad. Es cariñoso y buen padre, pero un mal marido. Ha destrozado tres matrimonios y se juzga a sí mismo severamente por ello. Le fascinan el impresionismo, la cocina coreana y las películas de Viggo Mortensen.

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¿Cuál es tu mejor defecto?

Es tímido y eso le hace amable, se resiste a crecer y vive en un espíritu joven eterno en el que las cosas siempre fluyen, los padres siguen siendo su sustento y los eslóganes de los anuncios de la tele son su modo de vida. No lleva reloj y acude a las citas con diez minutos de retraso que enmascara con modestia mientras da besos y simula buscar la mejor mesa del local. Habla a trompicones, sonrojándose cuando responde dubitativo a preguntas demasiado personales. Elude las miradas profundas y miente para ocultar su inconsistencia. Bebe ron con cola con pajita y cuando le preguntan por su mejor defecto responde que es un pesado.

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Cansada

Una nota de voz en el whatsapp con un tono desafiante. Está cansada de sus amigas. Son ya muchos años juntas y mucha vida entrelazada, y ahora además se suman más de 3000 kilómetros de distancia y maridos poco afines. Está en el bar, tomándose un cortado como de costumbre y siente más afinidad con el camarero que con ellas. Sucumbe a la charla vacía sobre las comidas de estos días y se olvida del rompecabezas de planes amistosos. El teléfono sigue sonando y lo silencia. No quiere saber lo muy ofendidas que están sus amigas, ni los meses que hace que no se ven, ni si su marido llegará tarde esa noche o si no quedan yogures de fresa en la nevera. Se termina el cortado y sale a la calle, camina sin rumbo. Hace frío y nota como sus ojos se inundan.

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Felicidad obligada

Estamos en esos días de sonrisa perenne, mesas llenas de gente con quien no hablas el resto del año y consumismo impostado. Días que incitan a una falsa felicidad que ella se obliga a seguir, porque no hacerlo sería contraproducente. El día de nochebuena, antes de que lleguen todos, rebusca entre los cajones los dos adornos que tiene y los cuelga en el pomo de la puerta en un simulado espíritu festivo. Ensaya frente al espejo la respuesta a ese ¿dónde está? que sabe que le preguntarán a duo primos, la tía Margarita y hasta su padre. Abre el horno y confía en la receta que dio Arguiñano el martes al mediodía. En el tocadiscos suena Oasis, tararea “and it’s never gonna be the same ‘til the life I knew comes to my house and says ‘hello’” y se dedica un baile antes de que empiece el espectáculo. Llaman al timbre y, como los actores antes de salir a escena, hace un último repaso mental del guion “no es bueno depender de una sola persona”.

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Rutina opaca

Está opositando. Lleva así años y su vida va cogiendo un color de rutina opaca. Su calendario lo marcan los exámenes y sus días libres se reducen a algún domingo de celebración obligada. Cuando empezó tenía muchos grupos de whatsapp, miércoles de cine y sábados de brunch. Hoy todo esto ya no existe. Los mensajes son sólo de compañeros de clase o de su madre diciéndole que le ha preparado tuppers para la semana. Se viste con ropa cómoda y ha cambiado la orientación de los muebles del salón para crear diferentes zonas de estudio. También va a una academia y sufre con pruebas ficticias que la sumen en una alegría que dura hasta el día D, cuando los nervios y la nota de corte la devuelven al punto de salida. Sigue opositando.

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Matrimonio en la distancia

Es de esas relaciones por las que nadie apuesta, un matrimonio en la distancia. Ciudades distintas les auspician de lunes a viernes y comparten hogar los fines de semana, puentes y vacaciones. Han vuelto de estar dieciséis días por las islas griegas y anhelan ese respiro que les ofrece su rutina semanal. Se despiden en el aeropuerto sin pena, él pensando en llegar al partido de pádel, ella en que la cojan para hacerse la pedicura. Se quieren a su manera y reservan para cenar con amigos el sábado en su restaurante japonés preferido.

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Sin daños colaterales

Su cara se relaja y sus ojos brillan cuando habla, sin tapujos, de su última conquista. Vive en las afueras de Sevilla, tiene el pelo lila y cinco gatos. Le gusta bailar samba y beber té de menta con hielo. La describe con sensibilidad mientras se acaricia la barba. Le preguntan por su anterior ligue y enseguida defiende a “lila” por encima de todo. Es martes. El fin de semana pone en su punto de mira a otras personas y su fidelidad flaquea. En la conversación del lunes una chica morena de perfil barroco, amante del jazz y de la comida hindú le tiene el corazón robado. Sus ojos brillan cuando lo explica sin darse cuenta de que el patrón se repite. Se enamora y desenamora con destreza y sin daños colaterales. Sus amigos le envidian, él se siente sólo.

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