Miedo a volar

Se atolondra al hablar con el taxista. Salta de un tema a otro sin apenas pausar y se toca el pelo sin cesar. También las lentillas le molestan, y tiene frío y los labios secos. Está sentada junto al mostrador, más cerca que otras veces, comprobando las actualizaciones del estado de Facebook de sus amigos; quiere aparentar tranquilidad pero la ansiedad se la come y los consejps de su psicóloga le quedan lejanos. Cogerá un avión por primera vez a sus 37 años, o lo intentará. Lleva las gafas de sol puestas para ocultar el pánico que desprenden sus ojos. Se quita el jersey, se lo vuelve a poner. Tenerife aparece ya en las pantallas. Mira el suelo fijamente y hace el gesto de levantarse… pero no puede. El miedo sigue siendo más fuerte. Como otras veces ve pasar a la gente; también escucha la última llamada y observa como las azafatas cierran el vuelo. Cuatro horas más tarde se levanta despacio, coge su mochila y vuelve a casa. Este año las vacaciones también las pasará en el aeropuerto.

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Ganas de ganar

Se trata de un seguir adelante, de un querer y no poder, de un avanzar con miedo. De decisiones que nadie apoya, de soledad acentuada. Todo sabe distinto si lo miras a dúo. Elegir darle la espalda a lo que hoy por hoy es una ‘suerte’ y seguir sonriendo es de valientes. Quiero ser valiente. Podría inventar el mes de mayo con piezas de Playmobil, y jugar a ponerme en el centro y bailar. Podrían regalarme flores. Sí, podría haber flores a mí alrededor, margaritas y petunias… y hasta tulipanes dando un halo de colofón final a la escena. Pero no me gusta soñar, nunca me ha gustado. Realismo en vena y muchas ansias de estabilidad, de familia y de amigos, de perderme en la ciudad. Ganas de apostar por mí. Y también ganas de ganar.

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Quiero a alguien

Quiero a alguien con quien divertirme, siempre, a todas horas. Alguien que me haga sentir segura, a gusto, especial. Alguien con quien una mirada sea suficiente para entendernos y que los días malos sean los menos. Alguien que me sorprenda y con quien no deje de aprender cosas. Quiero a alguien que me respete, y me enseñe a ver la vida desde otros prismas. Alguien decidido, viajero, de manos grandes y sentimientos fuertes. Quiero a alguien.

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Últimas veces

Ayer por la noche se acariciaron por última vez, lloró sin lágrimas hace seis meses cuando la doctora les dijo que nunca podrían ser tres. Ayer se pidieron perdón por última vez tras intentar autoengañarse y creer que podían obviar las condiciones de su realidad. Se emborracharon mientras maldecían su falta de afinidad biológica e hipotéticamente escogían nuevos compañeros de juego. Ella se fumó otro cigarro, el último -se prometió-, y el rompió el único vaso que quedaba de la vajilla de Ikea que compraron cuando se fueron a vivir juntos. Hartos del destino, hoy se abrazan fuerte, apretando la mandíbula y conteniendo la emoción, mientras toman una última edición.

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Vive y deja vivir

Se prometieron un futuro juntos una noche de fin de año de esas que no suelen alentar nada. Se quisieron como nunca durante dos años, siete semanas y tres días y se odiaron con todas sus fuerzas hasta el otoño. Ella perdió las ganas de querer y él se enamoró de otro alter ego con quien parece que le va bien. Por lo menos hasta que descuelga el teléfono y la llama. Ver su número parpadear en la pantalla sigue siendo un suplicio tras todos estos años. Esta noche ella renovará sus votos consigo misma y se prometerá bloquear su número, no reprimir más lágrimas, viajar a África (¡al fin!), tirar sus cosas y volver a sentir que el esfuerzo vale la pena, apasionarse por algo y perder el miedo a volver a enamorarse. Él intentará que el whatsapp de ‘Bon any!’ sea el último, aunque tras enviarlo no pueda dejar de comprobar si ella le responde y ya planee su respuesta a esa respuesta.

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Empujón

Hoy está nerviosa, sale de nuevo a bailar y no cree que sepa hacerlo; en la tintorería todos la animan. Se separó hace siete años tras muchas noches de gritos, desencuentros y botellas vacías repartidas por el apartamento. Firmaron los papeles del divorcio y no les costó repartir la custodia de los niños. Él desapareció del mapa y ella vivió apagada durante algún tiempo, odiando al género masculino, repudiando el alcohol y peleando cada minuto para tirar su vida adelante. Hace seis meses se le rompieron las gafas y fue ese pequeño cambio el que propició su nuevo aspecto. Cambió por fuera y también por dentro; su tono, sus ganas e incluso sus facciones son ahora más amigables. Siempre hay un momento que te empuja a reaccionar.

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Ni media

Y que todavía te tenga en la cabeza, dando vueltas, perdiéndome en detalles que ya deberían estar sepultados. Maldecirme por haber entrado de nuevo en el bar aquella noche, o por no saber hacerlo mejor. Recordar que tocaste tú mi nuca propiciando el encuentro, que las sonrisas y las anécdotas eran buenas hasta que algo las estropeó. Algo te molestó. Y resituarme en tu piso semanas antes y pensar que no lo entiendo. Volver a mi apartamento para buscar encajar las piezas, tener flashbacks de cosas que no debería haber permitido y entender que todo estaba roto; no eres alegre. Lo mejor es tenerte lejos… muy lejos.

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En defensa propia

Se acerca ese momento, ese día en el que hay que mirar atrás y hacer balance. Buscar razones, marcarse metas; pero no quiere. Y su cuerpo tampoco. Su ritmo cardíaco se acelera y los dedos de sus pies se tensan dentro de los botines de ante beige que se compró cuando se fueron de fin de semana a Bélgica hace tres inviernos. No logra acompasar la respiración ni dejar de repicar con el dedo meñique el mármol de la encimera. Aprieta la mandíbula fuerte mientras deja la mirada fija en la pared, pero no en cualquier pared sino en la de él, en la que tiene aún la sombra de su cuadro. Pronto hará un año que él se fue. Recogió sus cosas tras una acalorada discusión y no volvió, ni escribió, ni aceptó seguir siendo amigos en Facebook. Pronto hará un año que ella lloró, gritó y se rompió cuatro dedos destrozando el lienzo. Mientras se acaricia los nudillos y revive ese dolor se le escapa una lágrima. Sin él no avanza ni quiere hacer balance.

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Desaprende

Camina delante de mi cada miércoles por la mañana. Salgo de casa y ahí está él, cruzando el paso de peatones. Viste zapatillas deportivas y vaqueros desgastados, camisa arremangada y boina. Una de esas que huelen a vida muy vivida y a ganas de saber más. Sus brazos dejan entrever mensajes que no puedo dejar de leer una y otra vez a medida que subimos por la calle Santaló. Palabras inspiradoras. ‘Unlearn’, releo en su antebrazo. Y en mi cabeza abro de nuevo el debate sobre qué es más importante, aprender o desaprender. Y hoy decido subirme al estrado a defender el aprender. De uno mismo y de los demás, de lo que nos rodea. Y explico a una audiencia ficticia que si pones interés en algo, sin darte cuenta vas desaprendiendo aquello que te sobra. ‘No fear’ asoma por su nuca, y enlazo ambos mensajes en una valentía que le presupongo a su actitud. Desaprende a ser tan crítica contigo misma, me digo. Aprende a mostrarte sin miedo.

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Guardián

‘Que tenga un buen día’, ‘Hoy le han traído un paquete’, ‘Cuidado no resbale’, ‘¿Necesita que le ayude con las bolsas?’ son sus frases más repetidas. Podría tenerlas grabadas y limitarse a reproducirlas en función del vecino que cruzara el vestíbulo. Viste con traje azul oscuro y corbata y, cuando hace frío, si tiene que abrir la puerta muy a menudo, usa unos guantes negros de piel que le regaló su padre cuando le cedió el puesto. Frente a la entrada tiene una silla acolchada y un mostrador de madera que trata con mimo. Vive tranquilo, guardando el edificio con pulcritud. Es de esas personas perennes, que se difuminan con el espacio y a la que hemos incorporado en nuestros detalles diarios. Verle correr a llamar el ascensor apenas cruzamos la calle, seguir el partido del Osasuna a través de su transistor o escucharle silbar canciones de ‘La Trinca’ son acciones ya nuestras. Y que duren.

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