Encrucijada vital

Se atreven a dar el paso, a dejar el móvil y verse. Llevan tanto tiempo aplazándolo (con razón) que se les hace extraño. Se atreven a quebrar su vida y saben que no habrá marcha atrás. Como tampoco la hubo después de que recuperaran el contacto tras 20 años desconectados. Él elige el lugar, ella la hora. Están nerviosos, van a romper pactos de vida y a hacer daño a terceras personas, aunque sea solo un café, aunque repriman sus ganas, aunque prioricen otras cosas: van a verse. Ella se retrasa, pero llega y todo fluye. Él recuerda demasiado y se reprocha juventud y momentos vitales opuestos. Ella apenas tiene en su memoria algún detalle de esos años, pero le recalca que fue intenso, bonito y les llegó antes de tiempo, que no lo cambiaría y que son lo que son por ello. A veces le echa de menos, pero eso no se lo dice. Se cierra al recordar que no deberían estar allí y él lo admite mientras explica que no puede evitarlo, que es una de las mujeres de su vida, que quiere saber todo de ella. Rebusca en anécdotas del pasado que ella ha olvidado (o simula haber olvidado) y renace la complicidad. Ese feeling inevitable es lo que rompe la vida que tienen en casa. Lo saben y les asusta. Evitan alargar el encuentro y se despiden torpemente, rotos por dentro ante la encrucijada que les plantea la vida.

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Aún duele

Junio ya no es un mes apetecible, no sé si volverá a serlo, pero éste no lo ha sido. Hace un año que la vida nos dio el mayor revés hasta ahora y te despedimos, te dijimos adiós bajito y con el alma rota. Ha sido el año en el que más hemos llorado (con diferencia), pero también en el que más abrazos hemos dado y te quieros hemos dicho. Seguimos reconstruyéndonos con ese vacío real y de sentimientos y peleamos la vida con ganas. Las que tú tendrías si estuvieras aquí. Hoy por fin me he atrevido a ver tus recuerdos y escuchar tus audios. Tu voz ha retumbado en la habitación y mis ojos se han inundado. Ojalá haberte tenido un poco más. Hemos subido hasta aquella cima a verte y hemos abierto uno de tus vinos, aquellos que guardabas para cuando pasaban cosas especiales, y nos lo hemos bebido contigo que sin estar, aún estás.

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Cosas que aprendió bailando

Desde hace unas semanas cada jueves va a clases de baile. Lo decidió un día que bajaba andando por la calle Balmes, los problemas se le acumulaban y el desapego por su vida iba en aumento. Empezaba a llover y entró a resguardarse en una escuela de danza. Vio su reflejo en el gran espejo de la entrada y no se reconoció, alguien la confundió con una alumna y le mostró el vestuario. Fue premonitorio. Se sentó en uno de los bancos y observó. Miró cada detalle a su alrededor mientras su cuerpo se fue relajando y su mente se dejó absorber por las siluetas que se movían rítmicamente. Allí tener pareja es obligado, pero traerla de casa no, y ahora parece que los jueves los problemas pesan menos mientras mueve su pie derecho al compás y tuerce hacia un lado el cuello. Ahora sabe que para poder girar debe tener la cadera alineada, que los saltos se dan con la punta de los pies, que la luz tenue es más favorecedora, que la música es sanadora, que todo pasa y que el equilibrio es fundamental, siempre, en todo. Desde hace un tiempo cuando entra en casa su mente baila, y todo lo demás está de más.

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Poner freno al pasado

La vida les ha cruzado de nuevo y no saben qué hacer. Vuelven a sentirse quinceañeros aunque esta vez van con mochila, y una pesa más que la otra. Se llaman a hurtadillas con excusas irreales y se escuchan y bromean y se ríen y tontean. Comparten vivencias y fotos de una parte de su vida, aquella que hacen solos. Hay que frenarlo. Ella lo tiene claro, pero sigue descolgando el teléfono y le escucha decir que no son pasado, que quiere verla, que tiene algo que contarle cara a cara. Se arremolina y se hace pequeña, no confirma la cita pero sabe que ese día se vestirá para gustarle. El martes suena el teléfono y ella no descuelga. Él insiste, y cuando al final hablan se les ha pasado el día y tienen que ir a recoger a los niños al colegio. Ella se siente frustrada consigo misma y antes de colgar le dice que tienen que poner punto final a todo esto. Se hace un silencio largo hasta que él concluye «te llamaré cuando vuelvas del viaje».

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En propiedad

En unos meses van a mudarse a una casa adosada con piscina comunitaria y barbacoa en el jardín. Hace unos días el banco les confirmó que les dan la hipoteca y no pueden estar más contentos. Después de mucho papeleo, nervios y noches en vela por fin verán su sueño cumplido: serán propietarios. Lo buscaban desde antes de casarse pero la vida los llevaba siempre por otros derroteros, entre ellos, dos hijos, cambios profesionales, un apartamento en la playa en verano y algún que otro capricho inocente. Ahora viven en una disyuntiva de ilusión y miedo, y por las noches se sientan en la mesa de la cocina y sacan la calculadora. Examinan en detalle cada movimiento en su cuenta bancaria; a la playa pueden ir a pasar el día, los niños irán a comer a casa y tendrán que limitar las extraescolares de los pequeños y también las suyas, durante un tiempo tendrán que centrarse en lo imprescindible. Se aprietan el cinturón mientras ven la foto global y se cogen fuerte la mano: tienen una casa en propiedad.

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Memoria traicionera

La memoria se esconde o se entierra, a veces incluso parece borrarse como borrábamos la solución errónea de un ejercicio en el colegio. Pero siempre quedaban las marcas, una huella en el papel, imborrable. Apenas bastaba la punta del lápiz para que volviese a aparecer el error. Escribir encima solo empeora las cosas. Ella lo sabe, tiene demasiados fantasmas socavados tras esa sonrisa que la ayuda a seguir. Lo sabe y lo acepta así, a modo de escudo ante la vida, pero de camino al trabajo pasa frente a una casa antigua con un gran jardín y piscina. Ese escenario la trastoca y ese olor a jazmín la traslada a Menorca, a ese verano eterno que jugaron a quererse, a odiarse y a reconciliarse por enésima vez. Sus desprecios aún le duelen, se hirieron muy profundo sin saberlo y desde entonces viven sus vidas destemplados. Los dos. Y se piensan en recuerdos fugaces inesperados, y tantean coger el lápiz y volver a escribir encima.

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Encontrar la manera

Estaba asustada. Le aterrorizaba no saber qué pasaría, cómo serían estas primeras veces sin él. Le quitaban el sueño y las imaginaba mucho, a todas horas, con todas las variantes posibles. Esa silla vacía, esas conversaciones en el aire, ese cumpleaños que ya no volverá a cumplir. Estaba ansiosa y a ratos triste y de mal humor, quería que los días pasaran cuanto antes, indoloros. Al despertarse tanteó la posibilidad de una pastilla que la calmara pero finalmente dejó que la ilusión de los más pequeños cogiera el timón y todo fluyera a su son; las sonrisas y también las lágrimas. Los recuerdos y las nuevas tradiciones, que se obligó a crear, se entrelazaron y las horas fueron pasando. Cuando se dio cuenta ya había oscurecido, y lo habían superado. Poco a poco iban encontrando la manera de seguir.

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Reinventarse para encajar

Hoy es su primer día en la oficina. Llevaba muchos años sin tener esa sensación de nueva en nada y está nerviosa, y tiene miedo de no ser capaz, de no saber, de estar desfasada. En casa lo saben y su marido le ha preparado una cena relajada con un brindis final por los buenos comienzos. La crisis del año pasado la llevó al paro. Tiene 59 años y se ha pasado toda la vida detrás de una pantalla, atendiendo en remoto a los clientes, escuchándolos y poniendo su mejor cara y ‘siempre una voz amable’, como le remarcaba su coordinador. Sabía adivinar el ánimo de cada llamada sólo con el saludo inicial y su tiempo de respuesta se ajustaba a los parámetros ideales. Pero ahora nada de eso vale y ha intentado reinventarse para encajar. Las primeras sensaciones son buenas, y pese a ser un trabajo temporal le habrá servido para romper el hielo y sumar nuevas experiencias.

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Un pasado feliz

Esa espalda le despierta recuerdos de hace más de 15 años pero duda, ¿es ella? No puede creerlo, aunque tiene que serlo, está igual que la recuerda. Lleva el pelo algo más largo, pero sigue jugando con sus rizos mientras habla. Los gestos la delatan y la risa termina de descubrirla. Camina titubeante, ¿y si la saluda? De momento se sienta con sus amigos y la observa. Recuerda que aquello que tuvieron nunca se cerró, el destino les alejó y no terminaron de saber cómo hacer para volver a reencontrarse. Ella se gira y se ven. Se miran y hablan en silencio en la distancia. Se dicen que se han echado de menos mientras les brillan los ojos, se les eriza la piel y les nace un nerviosismo inusitado. Se acercan, él más tímido, ella más curiosa. Balbucean unos segundos antes de abrazarse fuerte, sintiéndose. Quisiera estirar el tiempo con ella pero su acompañante la reclama y se despiden a desgana, pensándose. A media noche dan un paso más y se escriben prometiéndose una llamada y un café que nunca llegarán. Resquicios de un pasado feliz.

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Lo que pudo haber sido

Dice que si se conocieran ahora no se hubiesen elegido. Que el tiempo ha pasado rápido desde ese noviazgo de instituto que les flasheó tanto que siguieron juntos pese a la distancia de sus universidades y a la gente nueva con la que se iban cruzando. Una noche de fiesta, en su piso compartido de Malasaña, se olvidaron de todo y, a los nueve meses, formaban una familia y aparcaban su vida para vivir otra. Sin reproches, amoldándose, aceptándolo. Son felices pero se les notan esas ganas de saber qué se han perdido. En sus últimas vacaciones en Corniglia decidieron que abrirían un restaurante italiano. Dice que esperan encontrar allí un poco de la vida que pudo haber sido. Sonríen convencidos y eso es todo lo que les hace falta para que el tiempo juntos vuele.

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