Juzgarse

Se ha divorciado hace poco. Se aburre con facilidad, necesita que constantemente le sorprendan, y eso no es fácil. Es sentimental, cambiaría su vida entera por amor del bueno, del que duele y te hace feliz a partes iguales. Es sensible, inestable, perfeccionista y pasa de la euforia a la depresión en segundos. Tiene talento, es inteligente y con un sentido del humor irónico que a pocos termina de gustar. Practica submarinismo y pesca en alta mar la cena de los domingos. Construye cabañas en los árboles por diversión, apaga la luz del porche antes de acostarse, silencia el móvil cuando está con la familia y respeta los límites de velocidad. Es cariñoso y buen padre, pero un mal marido. Ha destrozado tres matrimonios y se juzga a sí mismo severamente por ello. Le fascinan el impresionismo, la cocina coreana y las películas de Viggo Mortensen.

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¿Cuál es tu mejor defecto?

Es tímido y eso le hace amable, se resiste a crecer y vive en un espíritu joven eterno en el que las cosas siempre fluyen, los padres siguen siendo su sustento y los eslóganes de los anuncios de la tele son su modo de vida. No lleva reloj y acude a las citas con diez minutos de retraso que enmascara con modestia mientras da besos y simula buscar la mejor mesa del local. Habla a trompicones, sonrojándose cuando responde dubitativo a preguntas demasiado personales. Elude las miradas profundas y miente para ocultar su inconsistencia. Bebe ron con cola con pajita y cuando le preguntan por su mejor defecto responde que es un pesado.

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Cansada

Una nota de voz en el whatsapp con un tono desafiante. Está cansada de sus amigas. Son ya muchos años juntas y mucha vida entrelazada, y ahora además se suman más de 3000 kilómetros de distancia y maridos poco afines. Está en el bar, tomándose un cortado como de costumbre y siente más afinidad con el camarero que con ellas. Sucumbe a la charla vacía sobre las comidas de estos días y se olvida del rompecabezas de planes amistosos. El teléfono sigue sonando y lo silencia. No quiere saber lo muy ofendidas que están sus amigas, ni los meses que hace que no se ven, ni si su marido llegará tarde esa noche o si no quedan yogures de fresa en la nevera. Se termina el cortado y sale a la calle, camina sin rumbo. Hace frío y nota como sus ojos se inundan.

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Felicidad obligada

Estamos en esos días de sonrisa perenne, mesas llenas de gente con quien no hablas el resto del año y consumismo impostado. Días que incitan a una falsa felicidad que ella se obliga a seguir, porque no hacerlo sería contraproducente. El día de nochebuena, antes de que lleguen todos, rebusca entre los cajones los dos adornos que tiene y los cuelga en el pomo de la puerta en un simulado espíritu festivo. Ensaya frente al espejo la respuesta a ese ¿dónde está? que sabe que le preguntarán a duo primos, la tía Margarita y hasta su padre. Abre el horno y confía en la receta que dio Arguiñano el martes al mediodía. En el tocadiscos suena Oasis, tararea “and it’s never gonna be the same ‘til the life I knew comes to my house and says ‘hello’” y se dedica un baile antes de que empiece el espectáculo. Llaman al timbre y, como los actores antes de salir a escena, hace un último repaso mental del guion “no es bueno depender de una sola persona”.

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Rutina opaca

Está opositando. Lleva así años y su vida va cogiendo un color de rutina opaca. Su calendario lo marcan los exámenes y sus días libres se reducen a algún domingo de celebración obligada. Cuando empezó tenía muchos grupos de whatsapp, miércoles de cine y sábados de brunch. Hoy todo esto ya no existe. Los mensajes son sólo de compañeros de clase o de su madre diciéndole que le ha preparado tuppers para la semana. Se viste con ropa cómoda y ha cambiado la orientación de los muebles del salón para crear diferentes zonas de estudio. También va a una academia y sufre con pruebas ficticias que la sumen en una alegría que dura hasta el día D, cuando los nervios y la nota de corte la devuelven al punto de salida. Sigue opositando.

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Matrimonio en la distancia

Es de esas relaciones por las que nadie apuesta, un matrimonio en la distancia. Ciudades distintas les auspician de lunes a viernes y comparten hogar los fines de semana, puentes y vacaciones. Han vuelto de estar dieciséis días por las islas griegas y anhelan ese respiro que les ofrece su rutina semanal. Se despiden en el aeropuerto sin pena, él pensando en llegar al partido de pádel, ella en que la cojan para hacerse la pedicura. Se quieren a su manera y reservan para cenar con amigos el sábado en su restaurante japonés preferido.

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Sin daños colaterales

Su cara se relaja y sus ojos brillan cuando habla, sin tapujos, de su última conquista. Vive en las afueras de Sevilla, tiene el pelo lila y cinco gatos. Le gusta bailar samba y beber té de menta con hielo. La describe con sensibilidad mientras se acaricia la barba. Le preguntan por su anterior ligue y enseguida defiende a “lila” por encima de todo. Es martes. El fin de semana pone en su punto de mira a otras personas y su fidelidad flaquea. En la conversación del lunes una chica morena de perfil barroco, amante del jazz y de la comida hindú le tiene el corazón robado. Sus ojos brillan cuando lo explica sin darse cuenta de que el patrón se repite. Se enamora y desenamora con destreza y sin daños colaterales. Sus amigos le envidian, él se siente sólo.

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Run-run viajero

El mapa del mundo abierto sobre la mesa, caras ansiosas y ganas de escapar. Cerveza fría y lista de destinos en mano, empieza el juego de las coincidencias. Mongolia apunta ella, Canadá dice él. Nuevo turno. Madagascar ella, Cuba él. Más. Japón, Colombia. Ella sonríe, ese iba a ser su siguiente tiro. Perderse por el Valle del Cocora, abrazarse y no querer volver. Abren el ordenador y compran los billetes. Pronto volverán a cargar la mochila, a prescindir de lujos, a desesperarse ante las nuevas rutinas, a mezclarse entre otra gente intentando pasar desapercibidos. Se sienten libres sólo con imaginarlo. Se besan, se quieren y sueñan con ese run-run viajero eterno que esperan un día les lleve a pedir una excedencia, vender el coche, alquilar el piso y vivir.

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Punto final

Ayer cuando llegó a casa ella estaba en la cocina, recostada en la encimera leyendo una receta del libro que le regalaron estas navidades; apenas levantó la vista de la imagen del bacalao con sanfaina cuando él la saludó. Guardó la brompton, colgó la chaqueta y se acercó a darle un beso en la mejilla. Un gesto rutinario que ella acogió con más desidia de la habitual esta vez. Tras cenar se sentaron en el sofá, en silencio. Ella quería decir algo pero no encontraba las palabras, él la miraba, mucho, muy profundo. Entonces ella se lo dijo: quiero el divorcio. No dió más explicaciones, no sabía qué más decir, sólo que no quería seguir. Él la observaba mientras intentaba razonar, pero ambos sabían que llevan meses rotos y que la lucha no lo vale. Hoy al salir de casa ambos han ideado un plan. El de él pasa por un consejero matrimonial que les ayude a salvar las diferencias, el de ella es un piso de soltera donde poder rehacer su vida. Por la noche cuando llega a casa ella está en la cocina, esta vez releyendo los papeles de su abogado. Punto final a un matrimonio. Punto final a una mentira.

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Cuando existas

Vendrás a mi mesa, beberemos un Ribera del Duero y brindaremos todos mientras reímos alguna de tus bromas. Debatirás con mi padre sobre el último fichaje del Barça y te acabarás el postre de limón que ha hecho mi madre. Alabarás mi ternura, me retirarás el pelo de la cara y acariciarás mi espalda. Imitarás a famosos mientras jugamos al Monopoly y acostarás a mis sobrinos. Todo, para caerles bien, para hacerte querer. Retirarás los platos y pasearás por el salón mirando con curiosidad las fotos de la chimenea. Pedirás un cigarrillo, besarás mi mejilla, saldrás al jardín y conversarás con los vecinos. Todo cuando, de una vez, existas.

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