Cita telefónica

No sabían que se encariñarían hasta la tercera llamada, hasta ese intento ansiado de agradarse, hasta que sus voces se confundieron con las de dos amantes que sonríen tontamente al saberse al otro lado del teléfono. Sin quererlo congenian demasiado bien. Sin buscarlo, el trabajo pasa a ser hobby y las horas un tiempo fugaz que tiñen de telepatía y buen rollo. Ella rechaza la propuesta de verse más por miedo a romper la magia, mientras él insiste, rozando su espalda con complicidad, “ven al estudio”. Pero no es capaz de seguirle el juego. Un golpe duro trastoca su rutina y se sienten más cerca si cabe, hablándose en silencio. Sin necesidad de contarse nada, sin necesidad de apiadarse. Y vuelven a ser los de siempre, vuelven a ansiarse la voz. Él sigue pendiente de ella. Son pareja ganadora sin saberlo. “Estoy por ti”, repite burlonamente en un caballeroso gesto por tantearla. Y le sonsaca historias que no suele explicar, y se pone celoso mientras ella enfatiza detalles absurdos igual que una quinceañera obnubilada.

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Resetear mis recuerdos

Quiero llorar, gritar, maldecir, pegar. Quiero olvidar que nos ha tocado vivir esto. La decadencia de un cuerpo que degenara demasiado rápido sin que nada ni nadie pueda hacer algo al respecto. Te vas yendo poco a poco y yo no quiero. Y lo más importante es que tú tampoco. Ya no te pido que aguantes, ni que luches, solo quiero que te vayas tranquilo. Voy a resetear mis recuerdos para borrar estas últimas semanas que no te representan y quedarme con tu yo del mes de enero. Ese sí eres tú. Esa vida llena de vida es la que voy a recordar.

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Justificarte (me)

Te sueño, o fuerzo soñarte e imaginar cómo sería tenerte en el sofá de casa al llegar. Algo paradójico porque me encanta la independencia de no compartir mi espacio con nadie. Aunque contigo siempre hago una excepción consciente, y me salto las normas. Así ha sido desde el día que nos conocimos. Justificar tu prepotencia, perdonar tu falta de tacto, excusar tu soberbia, todo por una conexión inesperada y un cerrar los ojos impensado cuando me besaste por primera vez. Todo por una apuesta de vida, por un dejarme llevar improvisado y nuevo para mí. Y salió mal, y me arrepiento, mucho, continuamente. Y busco pistas tuyas y me refugio en imágenes pixeladas y euforias juveniles que me alejan, sutilmente, por falta de atracción. 

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Sin sonrisa

Espejo cómplice de una mirada

que engaña al cuerpo que destruye

Sueño inalcanzable.

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Inclinar la balanza

Si le pusiese en una balanza sabe que los contras ganarían a los pros, pero está obcecada e insiste en buscar guiños que sumen. Así recupera sus pocas muestras cariñosas empatándolas con su brusquedad, valora su profesión y sus planes de futuro por encima de su inexperiencia vital. Acepta sus reglas del juego a cambio de una comodidad impensada, puntúa alto sus besos y olvida su suspenso en la cama. Acepta su independencia y resetea su soberbia. Olvida que le avergüenza reconocer su edad y ensalza su mirada, verde. Se autoengaña y hace fuerza para cambiar el peso y equilibrarlo.

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Confesión

Confieso que he mentido, que he sido infiel, que he robado. Acepto que me he perdido, que he fracasado, que te he odiado. Admito que he llorado, que he sufrido, que he flaqueado. Revelo que tengo dudas, que no me gusto, que tengo miedo. Descubro que no te quiero, ni sé qué quiero. Declaro que estoy muy rota, que tengo envidia, que soy lunática y depresiva los días impares. Lo asumo y te lo digo sin decirlo cada mañana.

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Jarro de agua fría

Era una tos común. Una tos molesta de esas que aventuran catarro, y en tiempos pandémicos eso es un alivio. Era una tos constante que llevó a su mujer a vivir con insomnio y engancharse a hacer sudokus de madrugada. Un día tonto se lo comentó al médico y allí empezó el desmorone vertiginoso de su mundo. Ronda de analíticas, electrocardiogramas y tomarse la presión. Todo de diez, aunque la tos sigue, y no se va. Dos días después una radiografía presagia lo peor. La biopsia lo confirma. Sus días ahora sólo ven batas blancas, su cuerpo pierde vida y sus ojos ya no pueden brillar. Ha agotado todas sus lágrimas y lucha por ganar tiempo. Un tiempo que no le dan. Cada día aflora una nueva flaqueza. Parece imposible que hace apenas unas semanas estuviera jugando a pádel y bromeando con sus amigos. Parece increíble que ya no pueda disfrutar de una comida con sobremesa ni note el sabor del gintonic. Cómo iba él a saber que aquella carrera con sus nietos era la última, que no iba a haber más baños en alta mar ni excursiones al Balandrau, ni momentos despreocupados. Que la alegría que ha caracterizado siempre a la familia se vería ensombrecida. “A mi ahora me cuesta ser positivo”, dice. ¿Y a ti?, me pregunta. También, papá, también.

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Disfraz

Lágrimas
amagadas detrás de un ‘tot genial’
que ruboriza su cara.

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Me gusta (II)

Me gustan el desaliño estudiado, las manos grandes y los gestos que hablan. Dormir despreocupadamente, llevar el móvil en silencio y cruzar los pasos de peatones decidida. El olor a mar y el sabor a sal que queda en mis labios. Que me toquen la cabeza, me rasquen la espalda y me hagan cosquillas en los pies. Me encantan los bolsos grandes, las pulseras y los fulares. Mirar a los ojos, hablar a la cara. La adrenalina de saltar desde un puente y de liderar una reunión. Tomar un té verde caliente en la terraza, empezar a leer el periódico por la contraportada y hacer crucigramas. La piel suave en mí y la barba de dos días en él. El acento de les terres del ebre y la gente sin convencionalismos que se ha forjado su propia historia. Escribir con frases sencillas cargadas de dobles sentidos. Me gusta hablar, y sé escuchar, que me acaricien y acariciar. Los abrazos me pierden y reír es mi escudo. Un gin-tonic cortito en un bar de Gracia. Me muero por un buen beso, y adoro la complicidad. Me gusta cuando las cosas surgen, son naturales y sencillas. Leer entrevistas. La ironía sutil. Callejear por Barcelona y sorprenderme con rincones desconocidos. Las galletas príncipe, los susurros mañaneros y los planes improvisados. Me gustan la valentía y la lucha por ideales, cada uno los suyos. Las alteraciones insospechadas y los giros en el guion. Los diálogos incisivos y las conversaciones gustosas e interminables. El arte en su faceta más real, con locura y expresionismo. Un papel en blanco y un boli bic, y tiempo. Me gusta sentirme útil y pensar que algún día seré feliz.

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Me gusta (I)

Me gusta sentir que puedo comerme el mundo, que creo en lo que hago, que sé de lo que hablo. Me gusta imaginar vidas y mirar fotos que no dicen nada en general y para mí dicen mucho, y ponerles títulos y releerlos de vez en cuando. Me gusta ojear revistas de decoración y perderme recolocando las cosas en la estantería. Devoro libros para ausentarme y olvidar, y miro películas independientes que nadie definiría como preferidas y para mí lo son. Canto cuando nadie me ve y muevo rítmicamente el pie y la cabeza en el metro. Música de autor, de esa que me involucra y me pone la piel de gallina. Bailo con los ojos cerrados y el brazo en alto, sintiendo cada nota recorrer mi cuerpo. Adoro andar descalza y beber agua fría. Los vestidos de verano y llevar bailarinas. Disfruto con la soledad aún ansiando encontrar a alguien que me abrace y me coja de la mano y me invite a irnos lejos y descubrir. La primavera y el otoño. Los tulipanes. El frío, los jerséis gruesos y los sombreros. Envidio la ternura de quienes han compartido toda una vida. Viajar, conocer culturas, leer historias de mujeres valientes que afrontaron la vida de cara, y tumbarme al sol. Empaparme de la energía vitalizante del astro rey y dejar la mente en blanco. Adoro las aceitunas, las cerezas y el queso blanco, casi sin sabor. Como por texturas, con los dedos si puedo. Me estremezco con las voces roncas. Creo en las primeras impresiones. Camino con prisa y actúo por intuición. Mojarme los días de lluvia y sudar cuando hago el amor. Adoro hacer regalos porque sí y reunir a los amigos. Me gustan los olores que me evocan cosas, personas y recuerdos.

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