Archivo mensual: octubre 2013

Hacerse mayor

Tumbados en el sofá, con la cabeza recostada en tus piernas, te cuento qué quiero ser de mayor, y tu cara cambia el semblante y me miras risueño y con un deje soberbio dices que tengo que centrarme, ‘tienes un buen sueldo y un horario que compagina perfectamente con nuestra vida personal, nadie quiere hacerse mayor para conseguir algo diferente a eso’, puntualizas. Rebato tu teoría con una actitud algo infantil: ‘yo sí.’ Y me incorporo en mi lado del sofá y pienso en el encuadre de la escena y en ese ‘nadie pone sus sueños en manos de quien puede destruirlos’ que advirtió Paulo Coelho. Tenemos los días contados, me digo.

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Manos de pianista

Sentada frente al ordenador, tecleo a dos manos una sinfonía de letras que aquietan mis pensamientos mientras paseo la mirada por toda la estancia y, sin saber cómo, termino con los ojos fijos en mis manos. Siempre me han gustado las manos, un poco por su papel segundón en la belleza del conjunto, un poco por los rasgos del carácter que atesoran y su lenguaje sincero, sin ensayos previos. Las mías hoy están morenas y tienen los nudillos secos por el frío. Las veo mayores, arrugadas, recubiertas por una piel marchita llena de historias de vida. Son manos de pianista, decía mi abuela; y yo solo sé que son manos que añoran acariciar.

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Darle valor al tiempo

Exprimir la vida, ese espacio para ser felices a ratos que nos dan las 24 horas del día. Darle valor al tiempo. Hacer lo que nos corresponde o creemos que nos corresponde en cada una de nuestras épocas; descubrir pasiones desconocidas, tropezarnos con personajes cautivadores y recuperar ilusiones que creíamos pasadas. Lanzarnos, sin reparos, al ruedo de la vida. Sigo quemando madrugadas,  viajando sin reservas hechas, caminando sin reloj, experimentando cosas nuevas y disfrutando de todos los amaneceres, donde sea que me despierte. Así hasta que deje de ser divertido, hasta que llegue otra época. En cualquier caso, de momento los amaneceres bajo ese edredón azul marino me hacen sentir bien. Me haces sentir bien.

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Merecido descanso

A veces pienso que tendré un envejecer duro, y bromeo con mis amigas sobre un banco que nos adjudicamos hace tiempo y que nos espera en la plaza del pueblo, para cuando estemos muy abuelitas y no podamos ni hacer un carrer valència. Sé que seré de las que iré con bastón, haciendo honor a los huesos frágiles que me han tocado y que ya ahora me avisan cuando se acerca un cambio de tiempo. Tomo calcio cada día, pero en el fondo me gusta imaginar ese caminar reposado apoyada en un bastón que supongo elegante y conjuntado con mi atuendo. Será un merecido descanso a una vida ocupada y estresada, con un constante caminar rápido y ágil, y unas prisas adquiridas incluso para ir a comprar el pan. Espero ser de trato fácil, que los días malos sean los menos, y acordarme de las cosas y personas importantes. Seguro que contaré muchas batallitas, y quiero pensar que mis compañeros de fatigas seguirán ahí para aderezarlas y llegar así a la hora del vermut. Porqué estoy segura que un vasito de espinaler y unas aceitunas son el truco para sobrellevar mejor las interminables tardes de telenovela y punto de cruz.

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Compañero de viaje

Compañero de viaje, así describe una de mis amigas al que es su novio desde hace ni se sabe. Y lo expone en base a una teoría propia que vendría a decir que el chico es perfecto para ella ahora, en el lapso en el que se encuentran, pero que la vida es evolucionar y puede que dentro de unos años sus inquietudes e intereses avancen en paralelo y sea el momento de buscar la afinidad de otro compañero para compartir las cosas. Al final todo se reduce a eso, a compartir con alguien lo que nos va sucediendo. Lo corriente es seguir con un mismo alguien toda la vida, creer que ese alguien te completa, pese a que uno prefiera mar y el otro montaña, pese a que uno adore los silencios y el otro no sepa callar. Pese a que él quiera un hijo y ella un viaje a la Antártida.

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Bailarinas

Bailarinas, ese calzado sin el que no podría vivir. Vestirme cada mañana y perderme en el zapatero sopesando colores y formas para conseguir el toque que busco. Las hay marineras, con lacito, amarillas, color plata y hasta fucsias. Las hay para todos mis estilos, y lo mejor son esas historias que han compartido conmigo. Esas noches de fiesta hasta las tantas y desayunos en el café Paris, esas prisas para llegar puntual a clase de alemán, o para no perder el tren de ‘y 43’, o para pasear por Gracia escuchando el último disco de Manel. Las bailarinas me han acompañado en entrevistas de trabajo, en discusiones familiares, en visitas al hospital, en cenas románticas y en largas esperas, sosteniéndome estoicas, siempre, sin juzgarme.

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Los tuyos

La importancia de los tuyos. Esos a los que el destino ha querido que catalogues como tu gente. Esos que llevan tu apellido, o a quienes las aficiones o los estudios han convertido en los tuyos. Esas personas que sin saber porqué están a tu alrededor – y nunca se van -, y en quienes confías, a menudo sin decirlo, de un modo inexplicable. Los míos, los tuyos, personas de un valor implícito incalculable. El periodista Andrés Aberasturi, hizo referencia en una entrevista a su madre enferma de Alzheimer, de quien explicó que, incapaz ya de reconocerle, un día lo abrazó y le dijo “no sé quién eres, pero sé que eres de los míos”. Cuánta tranquilidad recogida en una frase bonita en extremo, franca, latente. Quiero creer que los míos también me tienen entre los suyos, y que los tuyos me incluyen, igual que los míos te incluyen a ti.

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Frente al espejo

Ayer se sinceró consigo mismo frente al espejo. Se mira a menudo, pero ayer lo hizo a los ojos, sin tregua, sosteniéndose la mirada. Al principio le dolía, después no tanto. Tiene poco pelo y en su rostro ya asoman las primeras líneas en las que se interpreta lo vivido, lo aprendido, los excesos deportivos, las preocupaciones familiares y los caminos equivocados. Una apariencia fuerte y varonil que, si prestas atención a los detalles, denota soledad. Eso es lo que claman sus ojos, días despreocupados de cañas por el borne, o salidas en bicicleta sin cronómetro, o tener a alguien tumbado en el lado izquierdo de la cama cada despertar. Pequeñas anécdotas que supone placeres aunque le son aún del todo desconocidas. Su mirada sigue fija en su imagen y le devuelve, contundente, reproches mentales a decisiones pasadas. Entonces su cabeza se llena de conjugaciones condicionales y aparta la mirada, cabizbajo, se lava la cara con agua fría y se acuesta. No volverá a mirarse en el espejo, así no.

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