Archivo mensual: noviembre 2013

Segundo

No quiere ser el número dos en nada. Dale el cinco, el nueve o el dieciocho si quieres, pero no el dos. Ese ‘casi’ que entraña encubierto bajo su elegante apariencia de cisne le incomoda. La segunda posición es un perder de forma pública, no quiere el podium así. Dureza de caballo ganador, también en la ruleta de la vida. Orgullo dolido y debilidad encubierta. Un ‘I will win’ eterno que tiembla cuando las cosas se tuercen, cobardía enmascarada detrás de un semblante arrollador.

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Gritos

No me gusta que me griten. Así, sin más. Los gritos son algo que llevo mal, que me deja en shock momentáneo y produce en mí una expresión de ‘yo no comprender’ que todavía enfurece más al dueño del espectáculo. No solucionan nada y dan un poder ficticio al que los profiere, elevando la discusión a categoría de bronca y perdiendo el respeto hacia el receptor. Me gritaste anoche en el bar, creyéndote superior, pensando que por permitírtelo me tenías controlada, o incluso más enamorada. Finiquité ese ‘querer seguir conociéndote’ en mi cabeza en cuestión de segundos. Las palabras que salían de tu boca enfurecida ni siquiera me dolían. Ahora estás molesto en exceso y abanderas un papel que no tocaría, y me da igual. Me das igual.

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‘Arreglar el mundo’

Tengo una amiga con quien quedo para ‘arreglar el mundo’. Los encuentros suelen durar horas y obligarnos a modificar agendas y a dejar plantados a otros amigos. Y es que mientras hablamos la vida se vuelve algo más fácil. Sin reglamentos previos, no nos juzgamos ni sobrepasamos las atribuciones personales, simplemente buscamos el otro modo de ver el problema. Así hemos superado mal de amores, despidos, hipotecas abusivas, exámenes, abortos, incompetencia laboral, mudanzas, cortes de pelo poco favorecedores, planes de boda, cambios de profesión, incomprensión familiar, dietas, audiciones, negocios que no han tenido éxito, enfermedades, infidelidades de todo tipo, primeros días… Un día ella tuvo un gran revés existencial y nunca se sobrepuso. Entonces supe que en realidad somos cobardes, y a veces buscar una escapatoria no es la mejor forma de avanzar.

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Verdades absolutas

Escucho absorta la conversación de la mesa que tenemos al lado mientras merendamos cupcakes en un bar al lado de la plaza Revolució. Me encanta el discurso del conferenciante, al que miro de reojo cada cierto tiempo. Un chico de unos treinta y tantos, bohemio y vivido, con un mapa mental claro y conciso y unos ideales imperturbables. Él sabe que todos le escuchamos y se explaya en descripciones y explicaciones detalladas, en ejemplos y en citas. Saber que alguien es capaz de citar a terceros sin titubear, con apellidos, años y hasta anécdotas de vida, lo convierte en un imán para mis oídos. Un querer sentarme en su mesa e intercambiar sorbos de café y puntos de vista. A la gente así suele concedérsele ese beneficio de la verdad absoluta. Y a veces esas verdades absolutas, aún sabiéndolas inexactas, vivifican.

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Reír, siempre

Me río, siempre; ¿qué pasa? Este es mi escudo, mi forma de supervivencia. Una risa abierta, contagiosa incluso. Una sonrisa innata, noble, amigable, así soy, así  encandilo a los demás, así supero las adversidades de la vida desde que era pequeña. Porqué con una sonrisa las cosas duelen menos. Me duelen menos. Os duelen menos. Obligándome a proclamar un ya viciado ‘estoy bien, siempre bien’ salgo a flote de cualquier situación. Y sé que a veces molesta tanta expresión simpática, pero créeme, si te cuento la realidad nos planteamos un puente, cirios y color negro.  Igual por esto me cuesta congeniar con la gente que no sonríe, e insisto en encontrarles ese punto divertido, aunque sea en la mirada. Busco y rebusco ese movimiento de la comisura de los labios, ese brillo en los ojos, esa diversión adictiva. Y cuando no lo encuentro me decepciono, y me alejo. No podría compartir nada con alguien sin sonrisa, no puedo imaginar nada con unos ojos aburridos que no saben sobreponerse. No puedo hacer nada contigo si no ríes.

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Espacio para lo nuevo

“Si uno no abandonara nunca nada ni a nadie no tendría espacio para lo nuevo”, así de contundente es Kureishi, y por eso me gusta. Porqué a mi manera le doy la razón. Porqué ese avanzar tan necesario solo se consigue dejando cosas atrás. Aferrarse es lo cómodo y lo socialmente aceptado, pero para alguien sin tradición como yo, lo que creo que está por venir es tanto que no dudo en ir dando carpetazos a mi alrededor: trabajos, amores, ciudades; todo tiene su tiempo, pero siempre con fecha de caducidad. Y sólo en algunos momentos, me veo ceder y querer alargar esas vidas caducas. Y es entonces cuando las cosas se quiebran, por forzadas, y todavía acabo peor. Fichando aburrida cada mañana en una oficina gris, en la cama sin éxtasis sensorial y en una ciudad inanimada, en un piso con poca luz y vecinos de reacciones desproporcionadas a horas intempestivas. Disfrutar la vida útil de cada momento es la clave. Propósito semanal: releer a Kureishi.

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