Archivo mensual: septiembre 2013

Costumbrismo cinéfilo

No soy muy de cine, digo mientras saboreo un helado de limón. No soy muy de cine comercial, ni de vidas ajenas populares, remato mientras llego al cucurucho. Soy más de películas costumbristas, con personajes que llenan la pantalla con conversaciones interminables llenas de sentido. Y de frases, soy muy de frases que te dan que pensar. Soy de pensar, de complicarme, vamos. Soy de verlas desde el sofá analizando sensaciones y porqués, y llevármelas a la cama, y al gimnasio, y al trabajo. Soy de querer tener una vida de película independiente francesa, con almuerzos que se convierten en cenas, luz de bombillas en el techo, manteles de cuadros y copas de vino, y quesos, y fruta, y conversaciones que arreglan el mundo. “Eres poco convencional”, me interrumpe mi partenaire con mirada amigable, mientras me recrimina esta manía mía de seguir aferrada al sms usando un móvil tradicional, de los de antaño.

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Somos dos

Somos dos. Solo dos, y tenemos poco o nada que ver el uno con el otro. Somos dos desde que decidimos que nos debíamos exclusividad y dejamos de conocer a otras personas. Yo nunca acepté bien ese acuerdo. Nunca me amoldé a ese cerrar puertas. Me cuesta abrirme al futuro y eso me lleva a plantearme si es cosa mía o simplemente de una química que ya no encuentro en ti. Somos dos, y nos hemos comprado una petunia para alegrar el balcón y saber, desde la calle, que allí está nuestro norte. Pero las petunias no sobreviven al frío, ya nos avisó la florista del paseo Sant Gervasi. Y aún así la trajimos a casa y creímos haber reforzado la relación. Hoy ya no queda petunia, ni relación.

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¿Eres huérfano de pueblo?

¿Eres huérfano de pueblo? pregunta Aquarius desde la pantalla, y sonrío, aunque no es mi caso. El mío está en el pirineo catalán y hay días que me encanta y otros en cambio quisiera cambiarlo por otro con caras nuevas, planes diferentes y un pasado inexistente. O eso o resetear mi juventud, por vivida en exceso y compartida a ratos con quien no toca. He intentado apartarme de esas calles empedradas muchas veces, pero siempre vuelvo, y me gusta. Superarme en la montaña cada sábado, disfrutar de unos días en familia, relajarme a caballo o saborear un gintonic cortito en la terraza del bar de la plaza, mientras la gente viene y va, y me saluda, y pregunta. Porqué si algo tienen los pueblos es ese querer saber todo de todos, ese anonimato imposible y ese reencuentro constante con el pasado. Ver que la gente avanza y otros seguimos, a trompicones, en el mismo lugar donde nos dejaron. Tener pueblo mola, que te conozcan en el pueblo no mola tanto y haber intimado con diferentes chicos de allí todavía mola menos.

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La ruta del gringo

Compramos los billetes hace seis meses, parecía una eternidad y hoy estamos ya en modo cuenta atrás. En menos de un mes nos vamos a recorrer Perú como hicieron los gringos años atrás. Los garabatos en la moleskine se han ido definiendo, el calendario ya tiene destinos asignados y la mochila y las chirucas ya están encima de la cama. La inmensidad de Machu Picchu y esas ganas de confundirnos con la gente del lugar nos hacen sobrevivir a la rutina de la espera. Caminar cinco días, cruzar ríos en plataformas de estabilidad sospechosa y alcanzar más de cuatro mil metros a modo de reto personal. Dejar la mente en blanco, obnubilados por un paisaje lleno de historia, y encontrarnos con nosotros mismos. Darle al reset vital y empezar de cero, con todo y con todos. Viajar me remueve por dentro, siempre, recolocando sensaciones, revalorando prejuicios, profundizando en sentimientos, perdiendo manías. Viajar me da una nueva oportunidad, y al volver soy otra, un tiempo por lo menos, hasta que la sociedad me engulle y me convierte de nuevo en un clon más.

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Veranos muy buenos

Hay veranos buenos y veranos muy buenos, y este último está siendo de los mejores por planes improvisados, guapo subido, hobbies redescubiertos, fiestas populares, hormonas revolucionadas y amiguismo máximo. Sé que el grado de diversión lo pone uno mismo y que la felicidad eterna no existe, pero simular vivir en un continuo bucle de libertad y despreocupación es contagioso, y así hemos terminado todos, riendo con banda sonora a juego. Así hasta que nos demos cuenta un día de que no somos tan guapos, ni tan divertidos, ni tan amigos, ni tan guays. Y habremos gastado un calendario, o dos, o tres, y la desilusión de vernos del montón nos dolerá durante un rato. Pero para esto todavía falta. Aún quedan unas semanas de buen tiempo, un par de festivales indies y algún vestido de tirantes por estrenar. Aún hay días para ser felices.

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Tomar té verde

Tomar té verde se ha vuelto un vicio para mí. Bueno, tomar té en general, pero con el verde tengo un algo especial. Una rutina adquirida después de pasar mucho frío un invierno en una isla y probarlo con el café y la leche. Fue mi salvavidas a esos meses interminables de humedad, cuando las cosas se torcían, cuando las decisiones se agolpaban esperando respuesta y parecía que no había escapatoria a nada. El té verde me ayudaba a sobrellevar el tembleque frente al abismo. Entre sorbos, miradas vacías y llamadas sin descolgar que se acumulaban en mi móvil, un día fui valiente y avancé. Y al poco llegó el buen tiempo, aunque yo no dejé de tomar té, por la serenidad que me aporta, y un poco también por esos antioxidantes que dicen que conseguirán atenuar mis arrugas.

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Hacer listas

Adoro hacer listas, me encantan. Listas de la compra, de libros sin leer, de cosas que tengo que hacer, de ropa que quiero ponerme el fin de semana, de alimentos saludables, de lugares que quiero visitar, de cursos a los que quiero apuntarme, de restaurantes  pendientes, de chicos con los que he estado, de películas recomendadas. Listas de invitados a una fiesta, de calorías diarias, de problemas sin resolver, de empresas en las que quiero trabajar, de profesiones que hubiese querido probar. Me gusta hacer listas en post-it, pegarlas al móvil e ir tachando. Lo mejor de las listas es ese ir borrando ítems con una explicación mental: cumplido, perdonado o retrasado.

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Comprar sillas

Un amigo de esos que están sin estar –siempre-, me llama por casualidad cuando más lo necesito y me propone ir a comprar sillas. ¿Sillas? insinúo. Sí, sillas, me acalla. Y cambio el traje de diario por un vestido veraniego, de esos que desprenden alegría, y voy a comprar sillas. Dudando del plan, o más bien de la intencionalidad del plan, callejeo abstraída. Le veo a lo lejos, me espera en la calle Mallorca risueño, dos besos y un brazo reconfortante rodeando fuerte mi espalda. Le miro sonriente, me mira con cariño, sabe que tengo demasiadas cosas en la cabeza… por eso vamos a comprar sillas. Porqué probarlas, acomodarte e imaginarlas en el salón, en la terraza, en la cocina o el recibidor es una terapia desestresante perfecta. Pensar qué harías, quién se sentaría, de qué hablarías o qué leerías recostando tu cabeza hacia un lado es agradable. Tanto, que traigo a casa una hamaca vintage y una silla de fieltro para dejar las cosas importantes al llegar, los agobios también. A amigos así hay que cuidarlos, y terminamos con cervezas, tumbados en la terraza, filosofando sobre lo relevante del día a día, las sillas.

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Cómplices de una novela de vida

Me gusta la gente mayor. Esa vida que atesoran me despierta emociones encontradas y envidia sana. Verles se convierte en un ritual de ternura y delicadeza cargado de curiosidad y ganas de escuchar. Adoro observar a parejas de abuelos pasear por Mayor de Sarrià los domingos. Suben hasta la plaza, hablan con los vecinos de los cambios del barrio y compran un tortell de nata en la Foix. Un exceso que sabe igual, dicen, que cuando las calles eran caminos de carro. Lo saborearán como nosotros no haremos nunca, con un resquicio de juventud en el paladar. Saberles cómplices de toda una novela de vida me fascina. Y reprimo las ganas de preguntarles cualquier cosa como excusa para escuchar sus historias de otros siglos, su memoria. Espero llegar a compartir mi identidad con alguien algún día y ser un poco como ellos. Feliz de la vida.

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“Everybody wanna live your life”

“Everybody wanna live your life”, esa canción que suena y resuena en todos los rincones donde voy y que he adoptado a modo de lema este verano. Corrijo, había adoptado. En junio, una de las primeras fiestas estivales de mi calendario trastocó la rutina que tengo impuesta desde hace tiempo: salir con mis amigos, bailar, reír, beber, seguir bailando e irme a dormir. Pasos automatizados que consiguen precisamente ese “everybody wanna live your life” por la diversión y tranquilidad que transmiten. Pero algo pasó en junio, entre el seguir bailando y el irme a dormir alguien inesperado rozó mi brazo, y el verano cambió. Una conexión inexplicable entre dos personas tan distintas, por edades incompatibles, por aficiones desvinculadas, por caracteres diferentes y vidas tan separadas, pero pese a todo, una conexión. Supongo que mis ganas de alguien y su idealización tras mucho tiempo pensándome hicieron el resto. Y el resto han sido cuatro meses de altibajos apasionados compartidos, nervios y poca comunicación, con prisas por conocernos, por acabarnos, por pasar página. Cuatro meses que terminaron el sábado con una retahíla de reproches incesantes y un ‘no me gustas’ suyo, y un ‘no me atraes físicamente’ mío. Y ahora estoy huérfana de canción, perdida en valores y sola en conjunto.

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