Archivo de la etiqueta: oficina

Casualidad

La puerta giratoria no se mueve, el sensor no detecta su presencia y ella está allí moviéndose sin sentido, empapada de lluvia, esperando que algún gesto sirva o el recepcionista la vea. En su cabeza se recrimina no haber mirado la aplicación del tiempo y no haberse vestido con otra ropa, no haber cogido la bolsa impermeable para el portátil, ni haber cerrado la ventana de la habitación. Piensa en sus cosas mientras se sigue moviendo y nota que alguien la observa con ojos amables, divertidos. Alguien más alto que levanta el brazo y consigue que todo gire, la puerta y su día. Se miran cómplices, ambos empapados, con los cascos de la moto en la mano, y balbucean algo que destensa aún más la situación. Sonríen mientras esperan el ascensor y hablan de nimiedades que les acercan. Ojalá subir hasta la planta 11, piensa ella, y él lo manifiesta, “¿ya te vas?”. “Hoy sí”, responde, y se miran de nuevo esperando cruzarse por el edificio en otra ocasión. Al final del día ya se habían archivado en anécdota hasta que de vuelta a casa un semáforo en rojo les hace coincidir de nuevo. Cambian su ruta y optan por conocerse.

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Silencio eterno

Ensimismado frente a la pantalla del ordenador, comiendo caramelos de plátano y sorbiendo el café de máquina sin pudor. Ajeno a todo lo que ocurre en el despacho. A veces balbucea en tono extremadamente alto algún sonido y a regañadientes golpea la mesa y escribe con furia algo en la libreta. Por la mañana, cuando vamos llegando, se gira y nos saluda con la cabeza. También sonríe, a veces, y hasta ríe a carcajadas con algo que solo él sabe. Apenas interactúa. Corrijo, somos nosotros quienes apenas interactuamos con él. Por aquello de ir a lo fácil, de no acordarnos, de no tenerle en nuestra rutina. Cuando era pequeño, sus padres cuentan que era un niño hiperactivo y muy hablador, pero un día enfermó y perdió la audición. Dramático, hasta que se adaptaron. Tanto que hoy él hace vida de oyente sin oír. No soy capaz de adivinar que pasa por su cabeza ante ese silencio eterno e imagino su “E Street Band” particular resonando a todo volumen los días que, enfadado, aporrea el teclado.

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La honestidad es tendencia

Las cosas han cambiado. La honestidad es ahora una tendencia, por eso sorprende cuando en la oficina tu jefa se sienta en la mesa con un cruzar de piernas sensual y te dice que si quieres quedarte con el puesto solo tienes que invitarla a cenar. Trago saliva mientras desencajo mi mandíbula y me aflojo la corbata. Necesito esta distracción diaria, estas ocho horas de ordenador absurdas son vitales para poder pagar la hipoteca, el colegio de las niñas, el gimnasio y las vacaciones en Menorca. No puedo imaginarme sin rutina; y es entonces cuando acompaso la respiración y rastreo mi memoria en busca de restaurantes y tips teatrales. Mi respuesta, pudorosa también, ¿te recojo a las nueve?

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