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Ganas de ganar

Se trata de un seguir adelante, de un querer y no poder, de un avanzar con miedo. De decisiones que nadie apoya, de soledad acentuada. Todo sabe distinto si lo miras a dúo. Elegir darle la espalda a lo que hoy por hoy es una ‘suerte’ y seguir sonriendo es de valientes. Quiero ser valiente. Podría inventar el mes de mayo con piezas de Playmobil, y jugar a ponerme en el centro y bailar. Podrían regalarme flores. Sí, podría haber flores a mí alrededor, margaritas y petunias… y hasta tulipanes dando un halo de colofón final a la escena. Pero no me gusta soñar, nunca me ha gustado. Realismo en vena y muchas ansias de estabilidad, de familia y de amigos, de perderme en la ciudad. Ganas de apostar por mí. Y también ganas de ganar.

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Quiero a alguien

Quiero a alguien con quien divertirme, siempre, a todas horas. Alguien que me haga sentir segura, a gusto, especial. Alguien con quien una mirada sea suficiente para entendernos y que los días malos sean los menos. Alguien que me sorprenda y con quien no deje de aprender cosas. Quiero a alguien que me respete, y me enseñe a ver la vida desde otros prismas. Alguien decidido, viajero, de manos grandes y sentimientos fuertes. Quiero a alguien.

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Últimas veces

Ayer por la noche se acariciaron por última vez, lloró sin lágrimas hace seis meses cuando la doctora les dijo que nunca podrían ser tres. Ayer se pidieron perdón por última vez tras intentar autoengañarse y creer que podían obviar las condiciones de su realidad. Se emborracharon mientras maldecían su falta de afinidad biológica e hipotéticamente escogían nuevos compañeros de juego. Ella se fumó otro cigarro, el último -se prometió-, y el rompió el único vaso que quedaba de la vajilla de Ikea que compraron cuando se fueron a vivir juntos. Hartos del destino, hoy se abrazan fuerte, apretando la mandíbula y conteniendo la emoción, mientras toman una última edición.

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Vive y deja vivir

Se prometieron un futuro juntos una noche de fin de año de esas que no suelen alentar nada. Se quisieron como nunca durante dos años, siete semanas y tres días y se odiaron con todas sus fuerzas hasta el otoño. Ella perdió las ganas de querer y él se enamoró de otro alter ego con quien parece que le va bien. Por lo menos hasta que descuelga el teléfono y la llama. Ver su número parpadear en la pantalla sigue siendo un suplicio tras todos estos años. Esta noche ella renovará sus votos consigo misma y se prometerá bloquear su número, no reprimir más lágrimas, viajar a África (¡al fin!), tirar sus cosas y volver a sentir que el esfuerzo vale la pena, apasionarse por algo y perder el miedo a volver a enamorarse. Él intentará que el whatsapp de ‘Bon any!’ sea el último, aunque tras enviarlo no pueda dejar de comprobar si ella le responde y ya planee su respuesta a esa respuesta.

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En defensa propia

Se acerca ese momento, ese día en el que hay que mirar atrás y hacer balance. Buscar razones, marcarse metas; pero no quiere. Y su cuerpo tampoco. Su ritmo cardíaco se acelera y los dedos de sus pies se tensan dentro de los botines de ante beige que se compró cuando se fueron de fin de semana a Bélgica hace tres inviernos. No logra acompasar la respiración ni dejar de repicar con el dedo meñique el mármol de la encimera. Aprieta la mandíbula fuerte mientras deja la mirada fija en la pared, pero no en cualquier pared sino en la de él, en la que tiene aún la sombra de su cuadro. Pronto hará un año que él se fue. Recogió sus cosas tras una acalorada discusión y no volvió, ni escribió, ni aceptó seguir siendo amigos en Facebook. Pronto hará un año que ella lloró, gritó y se rompió cuatro dedos destrozando el lienzo. Mientras se acaricia los nudillos y revive ese dolor se le escapa una lágrima. Sin él no avanza ni quiere hacer balance.

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Aceptación

¿Sabes cuándo todo es cómodo y te has adaptado y hasta te permites el lujo de quejarte a veces? ¿Sabes cuándo vas a trabajar andando y añoras hacer trayectos en tren, cuándo tienes pareja y quieres libertad y no rendir cuentas (y más espacio en la cama)? Pues eso. Se avecinan cambios. Aunque no son de los que le gustan, no son de los que elige ella. Esta vez vienen impuestos, por él, por el azar, la lógica o la monotonía. Y sin darse apenas cuenta este replantearse cosas la está consumiendo por dentro. En unos dos meses tendrá un coche que no quiere, tardará hora y media en llegar al laboratorio, al volver un poco más porque la Ronda de Dalt siempre está colapsada, y porque no es fácil encontrar un sitio para aparcar. Se perderá las clases de yoga de los miércoles y los almuerzos con las amigas el último viernes del mes. Y estará sola. Tendrá todo el espacio que siempre ha querido, una entrada de sobra para ir al Primavera Sound y el asiento 17B vacío en el vuelo a Japón. ¿Sabes cuándo sabes que todo esto se acerca y no quieres pero no te sale otra cosa que quedarte inmóvil? Pues eso.

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Un poco de normalidad

Pides sinceridad, y hablo del tiempo y de ese tal vez que no llega. De ser valientes, de pasos al frente, de futuro. Hablo de encontrarnos y querernos. De casas con balcón y de noches de sofá y manta. De paseos, de almuerzos y de cursos de cocina. Hablo de brindar. De perdernos, de encontrarnos. De aficiones compartidas, de bailes a medianoche. Pero tal vez no vuelva a verte, o tal vez cuando te vea estés con otra, o seas tú quien me vea, y yo la que esté con otro. Tal vez no creas en ese dúo tú-yo, tal vez el miedo nos pueda… Aunque yo apuesto por una mano ganadora esta vez, que ya nos toca. Una respuesta a tu ‘vull que les coses surtin bé’, y a mi ‘vull una mica de normalitat’.

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En standby

Hacía mucho que no se veían. Mucho de años. Mucho de tumbos por una vida que no les ha sido amiga. Hacía mucho que no se encontraban hasta ayer en el Turó Park. Brazos cruzados y sonrisa al aire ella, cigarro en la mano y empatía ajena él. Y junto a ellos un cocker color canela y un schnauzer sal y pimienta, dos perros que subrayan sus caracteres. Distraídos, afables, pícaros. Una coquetería particular entre sus perros hace que se reconozcan, pero a él le falla la galantería y a ella la pierde la timidez. Tanto, que los ladridos rompen el momento y un suave ademán con la cabeza es todo cuanto intercambian. Generosidad minúscula a una historia que seguirá en standby hasta que perfeccionen sus virtudes y el rubor que se producen.

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Espiarse los gestos a distancia

Ella le miró con curiosidad una noche de hace casi seis años en una fiesta en el pabellón. Estaba junto a la barra, hablando con el que era su ‘él’ en aquel momento. Los miró y se encaprichó tanto, que su ‘él’ pudo notar el brillo en sus ojos al saludarle y usó sus mejores armas para desalentarla, hablándole de esa diferencia de edad que les separa. Ahí le perdió la pista. Cambió de ‘él’ varias veces en esos años, y entre distracción y distracción algún día puntual notó unos ojos tímidos puestos en ella. Al girarse despreocupada le veía, pero se convencía de la utopía y seguía con su vida. Le tenía sin tenerle, y no lo sabía. En otra fiesta en el mismo escenario el destino les cruzó, y quisieron dejar las miradas de reojo y apostar por un tenerse cerca demasiado ansiado. Y funcionó solo a ratos. Un poco por esa imagen idealizada tras casi seis años pensándose, un poco por los nervios de hacer realidad un sueño, un poco por forzar un quererse que ya se había marchitado. Les costó dejarse. Ahora vuelven a mirarse de reojo, y se espían los gestos como hacían antes, a distancia.

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Nada es tanto como parece

Todo en la vida está sobrevalorado. Y si no que se lo digan a él, que quiso conocerla desde el primer día que la vio en el pabellón, hace hoy casi seis años. Pero cuando la tuvo delante los nervios solo dejaron salir un hola entrecortado que provocó un saludo fugaz mientras se iba. Nada es tanto como parece, ni ella por guapa, esbelta, independiente y divertida; ni él por alto, deportista, respetuoso e interesante. Si al conocerse no cuajan, la idoneidad da paso a la indiferencia. Que sea guapa no asegura el entendimiento sexual, que sea divertida tampoco. Pero él no quiere creerlo y se aferra a esa imagen de pareja ideal que proyectan en los reflejos de la cristalera del bar. Arrinconando la aburrida dinámica que comparten en la cama van intentando en vano que el juego a dos funcione. Creyendo que el dilema lo salvan esos besos tan buenos, y esas miradas compenetradas; aunque al final esto es anécdota, y lo relevante es el resto, esos agobios nocturnos que no se atreven a zanjar.

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