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Encrucijada vital

Se atreven a dar el paso, a dejar el móvil y verse. Llevan tanto tiempo aplazándolo (con razón) que se les hace extraño. Se atreven a quebrar su vida y saben que no habrá marcha atrás. Como tampoco la hubo después de que recuperaran el contacto tras 20 años desconectados. Él elige el lugar, ella la hora. Están nerviosos, van a romper pactos de vida y a hacer daño a terceras personas, aunque sea solo un café, aunque repriman sus ganas, aunque prioricen otras cosas: van a verse. Ella se retrasa, pero llega y todo fluye. Él recuerda demasiado y se reprocha juventud y momentos vitales opuestos. Ella apenas tiene en su memoria algún detalle de esos años, pero le recalca que fue intenso, bonito y les llegó antes de tiempo, que no lo cambiaría y que son lo que son por ello. A veces le echa de menos, pero eso no se lo dice. Se cierra al recordar que no deberían estar allí y él lo admite mientras explica que no puede evitarlo, que es una de las mujeres de su vida, que quiere saber todo de ella. Rebusca en anécdotas del pasado que ella ha olvidado (o simula haber olvidado) y renace la complicidad. Ese feeling inevitable es lo que rompe la vida que tienen en casa. Lo saben y les asusta. Evitan alargar el encuentro y se despiden torpemente, rotos por dentro ante la encrucijada que les plantea la vida.

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Poner freno al pasado

La vida les ha cruzado de nuevo y no saben qué hacer. Vuelven a sentirse quinceañeros aunque esta vez van con mochila, y una pesa más que la otra. Se llaman a hurtadillas con excusas irreales y se escuchan y bromean y se ríen y tontean. Comparten vivencias y fotos de una parte de su vida, aquella que hacen solos. Hay que frenarlo. Ella lo tiene claro, pero sigue descolgando el teléfono y le escucha decir que no son pasado, que quiere verla, que tiene algo que contarle cara a cara. Se arremolina y se hace pequeña, no confirma la cita pero sabe que ese día se vestirá para gustarle. El martes suena el teléfono y ella no descuelga. Él insiste, y cuando al final hablan se les ha pasado el día y tienen que ir a recoger a los niños al colegio. Ella se siente frustrada consigo misma y antes de colgar le dice que tienen que poner punto final a todo esto. Se hace un silencio largo hasta que él concluye «te llamaré cuando vuelvas del viaje».

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Memoria traicionera

La memoria se esconde o se entierra, a veces incluso parece borrarse como borrábamos la solución errónea de un ejercicio en el colegio. Pero siempre quedaban las marcas, una huella en el papel, imborrable. Apenas bastaba la punta del lápiz para que volviese a aparecer el error. Escribir encima solo empeora las cosas. Ella lo sabe, tiene demasiados fantasmas socavados tras esa sonrisa que la ayuda a seguir. Lo sabe y lo acepta así, a modo de escudo ante la vida, pero de camino al trabajo pasa frente a una casa antigua con un gran jardín y piscina. Ese escenario la trastoca y ese olor a jazmín la traslada a Menorca, a ese verano eterno que jugaron a quererse, a odiarse y a reconciliarse por enésima vez. Sus desprecios aún le duelen, se hirieron muy profundo sin saberlo y desde entonces viven sus vidas destemplados. Los dos. Y se piensan en recuerdos fugaces inesperados, y tantean coger el lápiz y volver a escribir encima.

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Un pasado feliz

Esa espalda le despierta recuerdos de hace más de 15 años pero duda, ¿es ella? No puede creerlo, aunque tiene que serlo, está igual que la recuerda. Lleva el pelo algo más largo, pero sigue jugando con sus rizos mientras habla. Los gestos la delatan y la risa termina de descubrirla. Camina titubeante, ¿y si la saluda? De momento se sienta con sus amigos y la observa. Recuerda que aquello que tuvieron nunca se cerró, el destino les alejó y no terminaron de saber cómo hacer para volver a reencontrarse. Ella se gira y se ven. Se miran y hablan en silencio en la distancia. Se dicen que se han echado de menos mientras les brillan los ojos, se les eriza la piel y les nace un nerviosismo inusitado. Se acercan, él más tímido, ella más curiosa. Balbucean unos segundos antes de abrazarse fuerte, sintiéndose. Quisiera estirar el tiempo con ella pero su acompañante la reclama y se despiden a desgana, pensándose. A media noche dan un paso más y se escriben prometiéndose una llamada y un café que nunca llegarán. Resquicios de un pasado feliz.

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¿Eres huérfano de pueblo?

¿Eres huérfano de pueblo? pregunta Aquarius desde la pantalla, y sonrío, aunque no es mi caso. El mío está en el pirineo catalán y hay días que me encanta y otros en cambio quisiera cambiarlo por otro con caras nuevas, planes diferentes y un pasado inexistente. O eso o resetear mi juventud, por vivida en exceso y compartida a ratos con quien no toca. He intentado apartarme de esas calles empedradas muchas veces, pero siempre vuelvo, y me gusta. Superarme en la montaña cada sábado, disfrutar de unos días en familia, relajarme a caballo o saborear un gintonic cortito en la terraza del bar de la plaza, mientras la gente viene y va, y me saluda, y pregunta. Porqué si algo tienen los pueblos es ese querer saber todo de todos, ese anonimato imposible y ese reencuentro constante con el pasado. Ver que la gente avanza y otros seguimos, a trompicones, en el mismo lugar donde nos dejaron. Tener pueblo mola, que te conozcan en el pueblo no mola tanto y haber intimado con diferentes chicos de allí todavía mola menos.

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