Hipnotizada

Ahora recuerdo momentos de esa noche y tiemblo. Momentos como cuando tus amigos propiciaron nuestro acercamiento o cuando me contabas cosas que no tenían porqué, vidas pasadas que no me aportaban nada y rumores familiares inconexos. Momentos como cuando me mordiste con ansias, cuando me querías besar en público, cuando la gente te vanagloriaba, nos íbamos conociendo y querías saber todo de mí. Cuando decías que me llevarías a Nueva York y que viajaríamos por el mundo, que querías cenar conmigo y verme en la ciudad. Cuando hablaste de tu furgoneta, de hacer surf y de enseñarme a esquiar vislumbré mi posible mitad. Cuando hablabas de tus coches, tu competición y me guiñabas el ojo quería escapar despavorida. Pero seguí ahí, curiosa. Cuando dudaba y me abrazaste perdí el control, de hecho, creo que lo tuviste tú en todo momento. Ver que nos encendían las luces era sinónimo de muchas horas hablando, y seguía queriendo más. Más minutos juntos, más palabras y más mentiras que, a ratos, jugaba a creer.

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Podríamos haber sido gigantes

Preguntar por qué podríamos haber sido gigantes y nos hemos quedado en simples humanos, normales, con rasgos diferenciales habituales entre la multitud. Y recibir respuestas vacuas que no transmiten nada. Así me he despertado hoy, entre sudor y desasosiego tras una noche de vueltas y más vueltas que no me llevan a nada. Sé que todo depende de un gesto valiente… Y sé también que hoy no es el día.

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Aprender ciudades

Aprender otra ciudad es emocionante. Yo lo hice en noviembre y me encantó; quizá es a eso a lo que soy un poco adicta, a reaprender ciudades cada ciertos años. Al cabo del tiempo llega la maravillosa sensación de que hay otro sitio más donde te sientes en casa. En definitiva, “mi patria está donde están mis amigos”.

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Consejos de vida

Menos diez, voy justa de tiempo para entrar en la clase de los miércoles y no encuentro la llave de la taquilla. Estoy en el vestuario del gimnasio vaciando el bolso sobre un taburete buscando una llave diminuta que no encuentro. Voy a perderme la clase y empiezo a enfadarme conmigo misma por ir siempre con prisas, por la poca organización, por no haber comprado un llavero, por haber desayunado un croissant. El enfado va in crescendo. La clase ha empezado y decido sentarme y seguir buscando, me doy cinco minutos, si no la encuentro correré por la Diagonal. Me sereno. Y es entonces cuando capto la conversación de dos señoras de mediana edad unas taquillas más allá. Recién salidas de clase de aquagym se dan consejos de vida y una de ellas sentencia antes de entrar en la ducha “hay que estar preparado para afrontar las cosas, positivas y negativas, y saber que, a veces, las positivas también nos hacen sufrir”. Y sé que aquel pasar página fue bueno, lo sé. Tengo que saberlo.

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Miedo a volar

Se atolondra al hablar con el taxista. Salta de un tema a otro sin apenas pausar y se toca el pelo sin cesar. También las lentillas le molestan, y tiene frío y los labios secos. Está sentada junto al mostrador, más cerca que otras veces, comprobando las actualizaciones del estado de Facebook de sus amigos; quiere aparentar tranquilidad pero la ansiedad se la come y los consejos de su psicóloga le quedan lejanos. Cogerá un avión por primera vez a sus 37 años, o lo intentará. Lleva las gafas de sol puestas para ocultar el pánico que desprenden sus ojos. Se quita el jersey, se lo vuelve a poner. Tenerife aparece ya en las pantallas. Mira el suelo fijamente y hace el gesto de levantarse… pero no puede. El miedo sigue siendo más fuerte. Como otras veces ve pasar a la gente; también escucha la última llamada y observa como las azafatas cierran el vuelo. Cuatro horas más tarde se levanta despacio, coge su mochila y vuelve a casa. Este año las vacaciones también las pasará en el aeropuerto.

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Ganas de ganar

Se trata de un seguir adelante, de un querer y no poder, de un avanzar con miedo. De decisiones que nadie apoya, de soledad acentuada. Todo sabe distinto si lo miras a dúo. Elegir darle la espalda a lo que hoy por hoy es una ‘suerte’ y seguir sonriendo es de valientes. Quiero ser valiente. Podría inventar el mes de mayo con piezas de Playmobil, y jugar a ponerme en el centro y bailar. Podrían regalarme flores. Sí, podría haber flores a mí alrededor, margaritas y petunias… y hasta tulipanes dando un halo de colofón final a la escena. Pero no me gusta soñar, nunca me ha gustado. Realismo en vena y muchas ansias de estabilidad, de familia y de amigos, de perderme en la ciudad. Ganas de apostar por mí. Y también ganas de ganar.

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Quiero a alguien

Quiero a alguien con quien divertirme, siempre, a todas horas. Alguien que me haga sentir segura, a gusto, especial. Alguien con quien una mirada sea suficiente para entendernos y que los días malos sean los menos. Alguien que me sorprenda y con quien no deje de aprender cosas. Quiero a alguien que me respete, y me enseñe a ver la vida desde otros prismas. Alguien decidido, viajero, de manos grandes y sentimientos fuertes. Quiero a alguien.

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Últimas veces

Ayer por la noche se acariciaron por última vez, lloró sin lágrimas hace seis meses cuando la doctora les dijo que nunca podrían ser tres. Ayer se pidieron perdón por última vez tras intentar autoengañarse y creer que podían obviar las condiciones de su realidad. Se emborracharon mientras maldecían su falta de afinidad biológica e hipotéticamente escogían nuevos compañeros de juego. Ella se fumó otro cigarro, el último -se prometió-, y el rompió el único vaso que quedaba de la vajilla de Ikea que compraron cuando se fueron a vivir juntos. Hartos del destino, hoy se abrazan fuerte, apretando la mandíbula y conteniendo la emoción, mientras toman una última decisión.

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Vive y deja vivir

Se prometieron un futuro juntos una noche de fin de año de esas que no suelen alentar nada. Se quisieron como nunca durante dos años, siete semanas y tres días y se odiaron con todas sus fuerzas hasta el otoño. Ella perdió las ganas de querer y él se enamoró de otro alter ego con quien parece que le va bien. Por lo menos hasta que descuelga el teléfono y la llama. Ver su número parpadear en la pantalla sigue siendo un suplicio tras todos estos años. Esta noche ella renovará sus votos consigo misma y se prometerá bloquear su número, no reprimir más lágrimas, viajar a África (¡al fin!), tirar sus cosas y volver a sentir que el esfuerzo vale la pena, apasionarse por algo y perder el miedo a volver a enamorarse. Él intentará que el whatsapp de ‘Bon any!’ sea el último, aunque tras enviarlo no pueda dejar de comprobar si ella le responde y ya planee su respuesta a esa respuesta.

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Empujón

Hoy está nerviosa, sale de nuevo a bailar y no cree que sepa hacerlo; en la tintorería todos la animan. Se separó hace siete años tras muchas noches de gritos, desencuentros y botellas vacías repartidas por el apartamento. Firmaron los papeles del divorcio y no les costó repartir la custodia de los niños. Él desapareció del mapa y ella vivió apagada durante algún tiempo, odiando al género masculino, repudiando el alcohol y peleando cada minuto para tirar su vida adelante. Hace seis meses se le rompieron las gafas y fue ese pequeño cambio el que propició su nuevo aspecto. Cambió por fuera y también por dentro; su tono, sus ganas e incluso sus facciones son ahora más amigables. Siempre hay un momento que te empuja a reaccionar.

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