Curva peligrosa

– ¿Conducías tú? 
– Sí. 
– ¿Estás bien? 
– Sí.
– ¿Seguro? No me refiero solo a los arañazos y las heridas… 
– Estoy bien. 
– ¿De verdad? 
– De verdad. 

Así, sin exclamaciones ni sobresaltos, un monótono y vacío ‘estoy bien’ resuena en mi cabeza acompañado del estruendo de las vueltas de campana, los cristales rotos, el golpe final, los minutos de silencio, la sangre y el sonido de las sirenas de la ambulancia.

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Título adjudicado

Una sonrisa se dibuja en tu cara
mientras “ella” parpadea en tu pantalla
ha costado aceptar que “yo para ti y tú para mi”.

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Aún no

Reapareces. No sé si por la pandemia, por la Navidad o por esos 40 años que acabas de cumplir, pero aquí estás. Insistiendo en verme, recalcando que nada ha cambiado en estos 20 años, que somos los mismos, que sientes lo mismo. Tiemblo. Te había olvidado, lo juro. Estabas ya sepultado debajo de mil historias de vida, fiestas, personas, mudanzas, trabajos, familia, viajes, enfermedades, decisiones… todo ha pasado por encima tuyo estos años, y apenas has asomado en alguna ocasión contada cuando en el autobús ha sonado tu nombre o en el gimnasio he saludado a alguien que se te da un aire. Ya no estabas para mí y has vuelto a marearme. No esperaba un traspié así hasta dentro de unos años, ya mayores, recuperándonos para esos últimos bailes de vida. Llegas antes de tiempo y no estoy preparada. Aún no. 

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¿Te atreves?

Al nuevo año le pido sentir, esa metáfora de saber vivir que llevo tiempo olvidando (posiblemente adrede, por comodidad). Dejar de dar vueltas, de dudar, de contentar. Dejar de querer comprender y simplemente dejarme llevar. Fluir y disfrutar del baile. Celebrar, reír, viajar, beber, conocer, hablar, querer, jugar, contemplar, afrontar, soñar, escribir, aprender, llorar, regalar, temblar, ligar, confiar. Ser valiente para que este año sea uno de los que suman, uno que tenga alguno de esos momentos ‘atrévete’ que aparecen diez o doce veces en la vida, en los que el mundo esconde su ironía, te pone contra las cuerdas, te mira de frente y te pregunta, ¿te atreves?

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Cuestión de perspectiva

Tiene 41 años, todos bien vividos. Desprende seguridad y hasta ahora se ha reprochado pocas cosas. Toma decisiones sin pensárselo mucho y no sufre con las consecuencias, sabe que todo es cuestión de perspectiva, que todo pasa. Estudió en un internado y tomó clases de japonés y de esgrima. Sus recuerdos de infancia se han ido desvaneciendo con los años y sólo piensa en ese día de Reyes en el Pirineo, con sus tres hermanos, comiendo gominolas y piruletas rojas. Su padre murió hace unos años jugando a golf, apenas le conocía, pero aún así acarrea con su vida póstuma cada mañana intentando sacar a flote el negocio “familiar”. Cuando las deudas le inundan y la cosa se tuerce aprieta los puños y enfoca en lo importante, ese profundo olor dulzón a fresa, y se sonríe y sigue adelante.

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Reaprender a vivir

Ayer estaba en la cola del banco cuando la vida se me reveló. La soledad nos persigue, a todos, aunque algunos la esquivan, otros la rozan y, los menos, la afrontan, sin paños calientes. Delante de mí tengo a un señor mayor al que la incerteza le acompaña desde hace poco. Enviudó después de 57 años y está reaprendiendo a vivir. Estar con alguien te da seguridad y cierta estabilidad. No estamos hechos para vivir sólos, aunque a él le está gustando. Desde hace unos días ha roto con alguna de sus rutinas y ahora escucha Rac1 mientras desayuna huevos revueltos con pan con tomate, baja a la playa con lo puesto, ha cambiado la butaca de sitio y, antes de acostarse, mira en bucle la reposición de los partidos del Barça de la temporada 91-92. Vive el momento sin más. Y me da envidia ese saber difuminarse con la sociedad, sólo y sin miedo al cambio.

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Contrapuntos alejados

‘Si se ha estropeado no era él’. Así de contundente ha sido mi alter ego; así de cruda la realidad. Y si lo pienso tiene razón. Las cosas tienen que fluir, con altibajos, pero fluir. Y nosotros no lo hacíamos. Nunca. Ni cuando se presuponía sencillo y sólo había que dejarse llevar; ni entonces lo conseguíamos. Jugabas conmigo a aparentar ser cosas que no eras y te vendías como alguien más adulto, a mi nunca me ha gustado la gente que se vende. Ni a ti la gente como yo que aboga por la conversación mundana y las personalidades auténticas, con historias entramadas detrás de cada acción. Por eso no fluíamos. Por mi poco fashionismo y tu demasiada palabrería. Por mi espontaneidad sencilla y tu talante estudiado. Por tu pasión deportiva y mi pasatiempo cultural. Por contrapuntos alejados ahora no queremos ni vernos. Y es mejor. Un tiempo de distancia es lo mejor.

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Idilio fugaz

Baja las escaleras de la estación a toda pastilla, tiene que llegar a Terrassa antes de las nueve para la rueda de prensa. Mañana el titular de los periódicos será suyo, se repite. Entra en el vagón y se queda de pie, mirando al infinito. Está nervioso, juega con su ipod buscando entre las canciones alguna que le lleve a junio, a la costa brava, a las cervezas de media tarde y los pantalones cortos. Mueve la cabeza mientras tararea en silencio. El vagón se vacía y nota unos ojos puestos en él. Mira de reojo esas Vans desgastadas y el bolso de piel sobre el que reposa el último libro de Kent Haruf. La gente entra y sale y él se reubica para poder seguir escrutándola. Ella sigue con curiosidad esa americana azul desenfadada, con moleskine en el bolsillo, de la que salían las notas de su canción favorita. “Si sonríe, me acerco”, piensa. “Si se acerca, le sonrío”, se dice él. Pasan las estaciones y su interés se diluye. El titular de mañana y el libro de Haruf vuelven a ser los protagonistas. Llegan a su destino.

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Juzgarse

Se ha divorciado hace poco. Se aburre con facilidad, necesita que constantemente le sorprendan, y eso no es fácil. Es sentimental, cambiaría su vida entera por amor del bueno, del que duele y te hace feliz a partes iguales. Es sensible, inestable, perfeccionista y pasa de la euforia a la depresión en segundos. Tiene talento, es inteligente y con un sentido del humor irónico que a pocos termina de gustar. Practica submarinismo y pesca en alta mar la cena de los domingos. Construye cabañas en los árboles por diversión, apaga la luz del porche antes de acostarse, silencia el móvil cuando está con la familia y respeta los límites de velocidad. Es cariñoso y buen padre, pero un mal marido. Ha destrozado tres matrimonios y se juzga a sí mismo severamente por ello. Le fascinan el impresionismo, la cocina coreana y las películas de Viggo Mortensen.

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¿Cuál es tu mejor defecto?

Es tímido y eso le hace amable, se resiste a crecer y vive en un espíritu joven eterno en el que las cosas siempre fluyen, los padres siguen siendo su sustento y los eslóganes de los anuncios de la tele son su modo de vida. No lleva reloj y acude a las citas con diez minutos de retraso que enmascara con modestia mientras da besos y simula buscar la mejor mesa del local. Habla a trompicones, sonrojándose cuando responde dubitativo a preguntas demasiado personales. Elude las miradas profundas y miente para ocultar su inconsistencia. Bebe ron con cola con pajita y cuando le preguntan por su mejor defecto responde que es un pesado.

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