Guardián

‘Que tenga un buen día’, ‘Hoy le han traído un paquete’, ‘Cuidado no resbale’, ‘¿Necesita que le ayude con las bolsas?’ son sus frases más repetidas. Podría tenerlas grabadas y limitarse a reproducirlas en función del vecino que cruzara el vestíbulo. Viste con traje azul oscuro y corbata y, cuando hace frío, si tiene que abrir la puerta muy a menudo, usa unos guantes negros de piel que le regaló su padre cuando le cedió el puesto. Frente a la entrada tiene una silla acolchada y un mostrador de madera que trata con mimo. Vive tranquilo, guardando el edificio con pulcritud. Es de esas personas perennes, que se difuminan con el espacio y a la que hemos incorporado en nuestros detalles diarios. Verle correr a llamar el ascensor apenas cruzamos la calle, seguir el partido del Osasuna a través de su transistor o escucharle silbar canciones de ‘La Trinca’ son acciones ya nuestras. Y que duren.

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Aceptación

¿Sabes cuándo todo es cómodo y te has adaptado y hasta te permites el lujo de quejarte a veces? ¿Sabes cuándo vas a trabajar andando y añoras hacer trayectos en tren, cuándo tienes pareja y quieres libertad y no rendir cuentas (y más espacio en la cama)? Pues eso. Se avecinan cambios. Aunque no son de los que le gustan, no son de los que elige ella. Esta vez vienen impuestos, por él, por el azar, la lógica o la monotonía. Y sin darse apenas cuenta este replantearse cosas la está consumiendo por dentro. En unos dos meses tendrá un coche que no quiere, tardará hora y media en llegar al laboratorio, al volver un poco más porque la Ronda de Dalt siempre está colapsada, y porque no es fácil encontrar un sitio para aparcar. Se perderá las clases de yoga de los miércoles y los almuerzos con las amigas el último viernes del mes. Y estará sola. Tendrá todo el espacio que siempre ha querido, una entrada de sobra para ir al Primavera Sound y el asiento 17B vacío en el vuelo a Japón. ¿Sabes cuándo sabes que todo esto se acerca y no quieres pero no te sale otra cosa que quedarte inmóvil? Pues eso.

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Dejar de cumplir años

El despertador hoy ha sonado con una nota de voz suya, la que cada año desde hace cinco le felicita por haber llegado hasta aquí, por cumplir uno más, por sumar vida a su vida. Otras veces se escucha decirse happy birthday y sonríe. Hoy sin embargo no ha sido así. Se ha escuchado varias veces, como necesitando darse cuenta de algo más, pero sus ojos están inanimados y su cabeza insiste en recordar todo lo que un año más le falta. Su abuelo le explicó una vez que con los años dejas de cumplir años, y teme que haya llegado ese momento. Pese a todos los whatsapp recibidos, las llamadas y el pastel, su vida se ha estancado y hoy solo es un día más.

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Silencio eterno

Ensimismado frente a la pantalla del ordenador, comiendo caramelos de plátano y sorbiendo el café de máquina sin pudor. Ajeno a todo lo que ocurre en el despacho. A veces balbucea en tono extremadamente alto algún sonido y a regañadientes golpea la mesa y escribe con furia algo en la libreta. Por la mañana, cuando vamos llegando, se gira y nos saluda con la cabeza. También sonríe, a veces, y hasta ríe a carcajadas con algo que solo él sabe. Apenas interactúa. Corrijo, somos nosotros quienes apenas interactuamos con él. Por aquello de ir a lo fácil, de no acordarnos, de no tenerle en nuestra rutina. Cuando era pequeño, sus padres cuentan que era un niño hiperactivo y muy hablador, pero un día enfermó y perdió la audición. Dramático, hasta que se adaptaron. Tanto que hoy él hace vida de oyente sin oír. No soy capaz de adivinar que pasa por su cabeza ante ese silencio eterno e imagino su “E Street Band” particular resonando a todo volumen los días que, enfadado, aporrea el teclado.

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Lágrimas

Llorar no va conmigo. Y no es una frase chulita propia de quien quiere vanagloriarse de una fuerza extrema, no, es simplemente una realidad. No soy muy de llorar. Un poco porque con los palos de la vida he aprendido a relativizar lo que realmente importa, y lo que solucionan unas lágrimas (nada). Un poco porque tengo el umbral del dolor por encima de lo habitual, un poco porque no quiero, porque así parece que sufro menos, y también por sentimientos aplacados y miedos inexistentes. Y hoy me da por querer que las lágrimas salgan de mis ojos a modo de limpieza interior, para liberarme de los fantasmas y ataduras, y sentir que la suerte puede cambiar. Me puede tocar.

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¿Eres feliz?

¿Eres feliz? Una pregunta arbitraria formulada al aire pero con mirada directa a mi. Una evasiva silenciosa y un interrogante insistente. ¿Lo eres? Parece que no tengo escapatoria. Dudo entre las dos opciones, un sí que zanje la conversación, un no, sincero, que la amplifique. Y respondo con la verdad, y hablo de las cosas que he cambiado para intentar sentirme mejor, rutinas de vida, valores, protagonistas y decorados del cuento. Reinterpretando lo que quisiera ser o hacer llego a la conclusión que lo intento, a mi manera, y hago cosas para sentir que a ratos sí. Y devuelvo la pelota. ¿Tú eres feliz?

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Un poco de normalidad

Pides sinceridad, y hablo del tiempo y de ese tal vez que no llega. De ser valientes, de pasos al frente, de futuro. Hablo de encontrarnos y querernos. De casas con balcón y de noches de sofá y manta. De paseos, de almuerzos y de cursos de cocina. Hablo de brindar. De perdernos, de encontrarnos. De aficiones compartidas, de bailes a medianoche. Pero tal vez no vuelva a verte, o tal vez cuando te vea estés con otra, o seas tú quien me vea, y yo la que esté con otro. Tal vez no creas en ese dúo tú-yo, tal vez el miedo nos pueda… Aunque yo apuesto por una mano ganadora esta vez, que ya nos toca. Una respuesta a tu ‘vull que les coses surtin bé’, y a mi ‘vull una mica de normalitat’.

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Hasta la cima

Subir a la cima de una montaña y dejarte llevar por esa extraña sensación que recorre tu cuerpo cuando, después del esfuerzo de la subida, y pese al desnivel acumulado y las pulsaciones revolucionadas, llegas arriba y te repones en un santiamén. Un ponerte a prueba necesario. Un sentirte libre, fuerte y capaz de muchas cosas. Objetivo cumplido. Últimamente los sábados tenemos esta afición. Levantarnos cuando el sol está aún durmiendo, enfundarnos las chirucas, abrir el mapa y elegir un pico. Así aireamos la rutina y empequeñecemos las trifulcas hogareñas, que nos parecen insustanciales a la hora de almorzar. Mañana subiré a alguna cima y, desde la altura, estiraré los brazos como si quisiera tocar el cielo, cerraré los ojos y respiraré hondo mientras te voy dejando ir.

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Juicios precipitados

“Fíjate en sus zapatos”. Este es el consejo de una madre de posguerra, la mía, que deja todo al azar del calzado. Son detalles superficiales que dan carácter a la persona, repite como un mantra. Y recuerdo el día que perdí un tacón, justo antes de una reunión importante con unos clientes asiáticos, y mi mundo se vino abajo. Sin tiempo de maniobra arranqué el otro con un gesto desdeñoso, como tantas veces he visto hacer en las series de televisión, y mantuve el tipo con seguridad. La bala en la recámara eran unas deportivas verdes, gastadas de correr por el asfalto de la Diagonal. Juzgarme por mis zapatos ese día fue un despropósito, pero cuando recuerdo que no firmamos el contrato dudo. Desde entonces guardo unos salones de recambio en el cajón, junto al cargador de la blackberry y los informes trimestrales.

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Escribir, siempre

Escribo, mucho, a todas horas. Escribo con música y en silencio, de mí, de ti y también de ellos. Escribo rápido dejando a mi mente fluir a borbotones. En el ordenador o con cuaderno y boli bic azul. Escribo porqué me ayuda a ordenar las ideas, a ordenar mi vida, a saber lo que quiero y a darme cuenta de las cosas. Escribo en cualquier sitio, en cualquier papel. Y lo releo una y otra vez, buscando el porqué de esas palabras enlazadas. Escribo desde pequeña para afrontar la realidad. Hace unos días alguien leyó por casualidad algo que había escrito, y tuve vergüenza, y me puse roja, y mentí.

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