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Casualidad

La puerta giratoria no se mueve, el sensor no detecta su presencia y ella está allí moviéndose sin sentido, empapada de lluvia, esperando que algún gesto sirva o el recepcionista la vea. En su cabeza se recrimina no haber mirado la aplicación del tiempo y no haberse vestido con otra ropa, no haber cogido la bolsa impermeable para el portátil, ni haber cerrado la ventana de la habitación. Piensa en sus cosas mientras se sigue moviendo y nota que alguien la observa con ojos amables, divertidos. Alguien más alto que levanta el brazo y consigue que todo gire, la puerta y su día. Se miran cómplices, ambos empapados, con los cascos de la moto en la mano, y balbucean algo que destensa aún más la situación. Sonríen mientras esperan el ascensor y hablan de nimiedades que les acercan. Ojalá subir hasta la planta 11, piensa ella, y él lo manifiesta, “¿ya te vas?”. “Hoy sí”, responde, y se miran de nuevo esperando cruzarse por el edificio en otra ocasión. Al final del día ya se habían archivado en anécdota hasta que de vuelta a casa un semáforo en rojo les hace coincidir de nuevo. Cambian su ruta y optan por conocerse.

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Espiarse los gestos a distancia

Ella le miró con curiosidad una noche de hace casi seis años en una fiesta en el pabellón. Estaba junto a la barra, hablando con el que era su ‘él’ en aquel momento. Los miró y se encaprichó tanto, que su ‘él’ pudo notar el brillo en sus ojos al saludarle y usó sus mejores armas para desalentarla, hablándole de esa diferencia de edad que les separa. Ahí le perdió la pista. Cambió de ‘él’ varias veces en esos años, y entre distracción y distracción algún día puntual notó unos ojos tímidos puestos en ella. Al girarse despreocupada le veía, pero se convencía de la utopía y seguía con su vida. Le tenía sin tenerle, y no lo sabía. En otra fiesta en el mismo escenario el destino les cruzó, y quisieron dejar las miradas de reojo y apostar por un tenerse cerca demasiado ansiado. Y funcionó solo a ratos. Un poco por esa imagen idealizada tras casi seis años pensándose, un poco por los nervios de hacer realidad un sueño, un poco por forzar un quererse que ya se había marchitado. Les costó dejarse. Ahora vuelven a mirarse de reojo, y se espían los gestos como hacían antes, a distancia.

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Nada es tanto como parece

Todo en la vida está sobrevalorado. Y si no que se lo digan a él, que quiso conocerla desde el primer día que la vio en el pabellón, hace hoy casi seis años. Pero cuando la tuvo delante los nervios solo dejaron salir un hola entrecortado que provocó un saludo fugaz mientras se iba. Nada es tanto como parece, ni ella por guapa, esbelta, independiente y divertida; ni él por alto, deportista, respetuoso e interesante. Si al conocerse no cuajan, la idoneidad da paso a la indiferencia. Que sea guapa no asegura el entendimiento sexual, que sea divertida tampoco. Pero él no quiere creerlo y se aferra a esa imagen de pareja ideal que proyectan en los reflejos de la cristalera del bar. Arrinconando la aburrida dinámica que comparten en la cama van intentando en vano que el juego a dos funcione. Creyendo que el dilema lo salvan esos besos tan buenos, y esas miradas compenetradas; aunque al final esto es anécdota, y lo relevante es el resto, esos agobios nocturnos que no se atreven a zanjar.

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