Comprar sillas

Un amigo de esos que están sin estar –siempre-, me llama por casualidad cuando más lo necesito y me propone ir a comprar sillas. ¿Sillas? insinúo. Sí, sillas, me acalla. Y cambio el traje de diario por un vestido veraniego, de esos que desprenden alegría, y voy a comprar sillas. Dudando del plan, o más bien de la intencionalidad del plan, callejeo abstraída. Le veo a lo lejos, me espera en la calle Mallorca risueño, dos besos y un brazo reconfortante rodeando fuerte mi espalda. Le miro sonriente, me mira con cariño, sabe que tengo demasiadas cosas en la cabeza… por eso vamos a comprar sillas. Porqué probarlas, acomodarte e imaginarlas en el salón, en la terraza, en la cocina o el recibidor es una terapia desestresante perfecta. Pensar qué harías, quién se sentaría, de qué hablarías o qué leerías recostando tu cabeza hacia un lado es agradable. Tanto, que traigo a casa una hamaca vintage y una silla de fieltro para dejar las cosas importantes al llegar, los agobios también. A amigos así hay que cuidarlos, y terminamos con cervezas, tumbados en la terraza, filosofando sobre lo relevante del día a día, las sillas.

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