Archivo de la etiqueta: vida

Me gusta (II)

Me gustan el desaliño estudiado, las manos grandes y los gestos que hablan. Dormir despreocupadamente, llevar el móvil en silencio y cruzar los pasos de peatones decidida. El olor a mar y el sabor a sal que queda en mis labios. Que me toquen la cabeza, me rasquen la espalda y me hagan cosquillas en los pies. Me encantan los bolsos grandes, las pulseras y los fulares. Mirar a los ojos, hablar a la cara. La adrenalina de saltar desde un puente y de liderar una reunión. Tomar un té verde caliente en la terraza, empezar a leer el periódico por la contraportada y hacer crucigramas. La piel suave en mí y la barba de dos días en él. El acento de les terres del ebre y la gente sin convencionalismos que se ha forjado su propia historia. Escribir con frases sencillas cargadas de dobles sentidos. Me gusta hablar, y sé escuchar, que me acaricien y acariciar. Los abrazos me pierden y reír es mi escudo. Un gin-tonic cortito en un bar de Gracia. Me muero por un buen beso, y adoro la complicidad. Me gusta cuando las cosas surgen, son naturales y sencillas. Leer entrevistas. La ironía sutil. Callejear por Barcelona y sorprenderme con rincones desconocidos. Las galletas príncipe, los susurros mañaneros y los planes improvisados. Me gustan la valentía y la lucha por ideales, cada uno los suyos. Las alteraciones insospechadas y los giros en el guion. Los diálogos incisivos y las conversaciones gustosas e interminables. El arte en su faceta más real, con locura y expresionismo. Un papel en blanco y un boli bic, y tiempo. Me gusta sentirme útil y pensar que algún día seré feliz.

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Me gusta (I)

Me gusta sentir que puedo comerme el mundo, que creo en lo que hago, que sé de lo que hablo. Me gusta imaginar vidas y mirar fotos que no dicen nada en general y para mí dicen mucho, y ponerles títulos y releerlos de vez en cuando. Me gusta ojear revistas de decoración y perderme recolocando las cosas en la estantería. Devoro libros para ausentarme y olvidar, y miro películas independientes que nadie definiría como preferidas y para mí lo son. Canto cuando nadie me ve y muevo rítmicamente el pie y la cabeza en el metro. Música de autor, de esa que me involucra y me pone la piel de gallina. Bailo con los ojos cerrados y el brazo en alto, sintiendo cada nota recorrer mi cuerpo. Adoro andar descalza y beber agua fría. Los vestidos de verano y llevar bailarinas. Disfruto con la soledad aún ansiando encontrar a alguien que me abrace y me coja de la mano y me invite a irnos lejos y descubrir. La primavera y el otoño. Los tulipanes. El frío, los jerséis gruesos y los sombreros. Envidio la ternura de quienes han compartido toda una vida. Viajar, conocer culturas, leer historias de mujeres valientes que afrontaron la vida de cara, y tumbarme al sol. Empaparme de la energía vitalizante del astro rey y dejar la mente en blanco. Adoro las aceitunas, las cerezas y el queso blanco, casi sin sabor. Como por texturas, con los dedos si puedo. Me estremezco con las voces roncas. Creo en las primeras impresiones. Camino con prisa y actúo por intuición. Mojarme los días de lluvia y sudar cuando hago el amor. Adoro hacer regalos porque sí y reunir a los amigos. Me gustan los olores que me evocan cosas, personas y recuerdos.

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Título adjudicado

Una sonrisa se dibuja en tu cara
mientras “ella” parpadea en tu pantalla
ha costado aceptar que “yo para ti y tú para mi”.

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Aún no

Reapareces. No sé si por la pandemia, por la Navidad o por esos 40 años que acabas de cumplir, pero aquí estás. Insistiendo en verme, recalcando que nada ha cambiado en estos 20 años, que somos los mismos, que sientes lo mismo. Tiemblo. Te había olvidado, lo juro. Estabas ya sepultado debajo de mil historias de vida, fiestas, personas, mudanzas, trabajos, familia, viajes, enfermedades, decisiones… todo ha pasado por encima tuyo estos años, y apenas has asomado en alguna ocasión contada cuando en el autobús ha sonado tu nombre o en el gimnasio he saludado a alguien que se te da un aire. Ya no estabas para mí y has vuelto a marearme. No esperaba un traspié así hasta dentro de unos años, ya mayores, recuperándonos para esos últimos bailes de vida. Llegas antes de tiempo y no estoy preparada. Aún no. 

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¿Te atreves?

Al nuevo año le pido sentir, esa metáfora de saber vivir que llevo tiempo olvidando (posiblemente adrede, por comodidad). Dejar de dar vueltas, de dudar, de contentar. Dejar de querer comprender y simplemente dejarme llevar. Fluir y disfrutar del baile. Celebrar, reír, viajar, beber, conocer, hablar, querer, jugar, contemplar, afrontar, soñar, escribir, aprender, llorar, regalar, temblar, ligar, confiar. Ser valiente para que este año sea uno de los que suman, uno que tenga alguno de esos momentos ‘atrévete’ que aparecen diez o doce veces en la vida, en los que el mundo esconde su ironía, te pone contra las cuerdas, te mira de frente y te pregunta, ¿te atreves?

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Cuestión de perspectiva

Tiene 41 años, todos bien vividos. Desprende seguridad y hasta ahora se ha reprochado pocas cosas. Toma decisiones sin pensárselo mucho y no sufre con las consecuencias, sabe que todo es cuestión de perspectiva, que todo pasa. Estudió en un internado y tomó clases de japonés y de esgrima. Sus recuerdos de infancia se han ido desvaneciendo con los años y sólo piensa en ese día de Reyes en el Pirineo, con sus tres hermanos, comiendo gominolas y piruletas rojas. Su padre murió hace unos años jugando a golf, apenas le conocía, pero aún así acarrea con su vida póstuma cada mañana intentando sacar a flote el negocio «familiar». Cuando las deudas le inundan y la cosa se tuerce aprieta los puños y enfoca en lo importante, ese profundo olor dulzón a fresa, y se sonríe y sigue adelante.

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Reaprender a vivir

Ayer estaba en la cola del banco cuando la vida se me reveló. La soledad nos persigue, a todos, aunque algunos la esquivan, otros la rozan y, los menos, la afrontan, sin paños calientes. Delante de mí tengo a un señor mayor al que la incerteza le acompaña desde hace poco. Enviudó después de 57 años y está reaprendiendo a vivir. Estar con alguien te da seguridad y cierta estabilidad. No estamos hechos para vivir sólos, aunque a él le está gustando. Desde hace unos días ha roto con alguna de sus rutinas y ahora escucha Rac1 mientras desayuna huevos revueltos con pan con tomate, baja a la playa con lo puesto, ha cambiado la butaca de sitio y, antes de acostarse, mira en bucle la reposición de los partidos del Barça de la temporada 91-92. Vive el momento sin más. Y me da envidia ese saber difuminarse con la sociedad, sólo y sin miedo al cambio.

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Contrapuntos alejados

‘Si se ha estropeado no era él’. Así de contundente ha sido mi alter ego; así de cruda la realidad. Y si lo pienso tiene razón. Las cosas tienen que fluir, con altibajos, pero fluir. Y nosotros no lo hacíamos. Nunca. Ni cuando se presuponía sencillo y sólo había que dejarse llevar; ni entonces lo conseguíamos. Jugabas conmigo a aparentar ser cosas que no eras y te vendías como alguien más adulto, a mi nunca me ha gustado la gente que se vende. Ni a ti la gente como yo que aboga por la conversación mundana y las personalidades auténticas, con historias entramadas detrás de cada acción. Por eso no fluíamos. Por mi poco fashionismo y tu demasiada palabrería. Por mi espontaneidad sencilla y tu talante estudiado. Por tu pasión deportiva y mi pasatiempo cultural. Por contrapuntos alejados ahora no queremos ni vernos. Y es mejor. Un tiempo de distancia es lo mejor.

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Juzgarse

Se ha divorciado hace poco. Se aburre con facilidad, necesita que constantemente le sorprendan, y eso no es fácil. Es sentimental, cambiaría su vida entera por amor del bueno, del que duele y te hace feliz a partes iguales. Es sensible, inestable, perfeccionista y pasa de la euforia a la depresión en segundos. Tiene talento, es inteligente y con un sentido del humor irónico que a pocos termina de gustar. Practica submarinismo y pesca en alta mar la cena de los domingos. Construye cabañas en los árboles por diversión, apaga la luz del porche antes de acostarse, silencia el móvil cuando está con la familia y respeta los límites de velocidad. Es cariñoso y buen padre, pero un mal marido. Ha destrozado tres matrimonios y se juzga a sí mismo severamente por ello. Le fascinan el impresionismo, la cocina coreana y las películas de Viggo Mortensen.

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Cansada

Una nota de voz en el whatsapp con un tono desafiante. Está cansada de sus amigas. Son ya muchos años juntas y mucha vida entrelazada, y ahora además se suman más de 3000 kilómetros de distancia y maridos poco afines. Está en el bar, tomándose un cortado como de costumbre y siente más afinidad con el camarero que con ellas. Sucumbe a la charla vacía sobre las comidas de estos días y se olvida del rompecabezas de planes amistosos. El teléfono sigue sonando y lo silencia. No quiere saber lo muy ofendidas que están sus amigas, ni los meses que hace que no se ven, ni si su marido llegará tarde esa noche o si no quedan yogures de fresa en la nevera. Se termina el cortado y sale a la calle, camina sin rumbo. Hace frío y nota como sus ojos se inundan.

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