Archivo de la etiqueta: verano

Run-run viajero

El mapa del mundo abierto sobre la mesa, caras ansiosas y ganas de escapar. Cerveza fría y lista de destinos en mano, empieza el juego de las coincidencias. Mongolia apunta ella, Canadá dice él. Nuevo turno. Madagascar ella, Cuba él. Más. Japón, Colombia. Ella sonríe, ese iba a ser su siguiente tiro. Perderse por el Valle del Cocora, abrazarse y no querer volver. Abren el ordenador y compran los billetes. Pronto volverán a cargar la mochila, a prescindir de lujos, a desesperarse ante las nuevas rutinas, a mezclarse entre otra gente intentando pasar desapercibidos. Se sienten libres sólo con imaginarlo. Se besan, se quieren y sueñan con ese run-run viajero eterno que esperan un día les lleve a pedir una excedencia, vender el coche, alquilar el piso y vivir.

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Miedo a volar

Se atolondra al hablar con el taxista. Salta de un tema a otro sin apenas pausar y se toca el pelo sin cesar. También las lentillas le molestan, y tiene frío y los labios secos. Está sentada junto al mostrador, más cerca que otras veces, comprobando las actualizaciones del estado de Facebook de sus amigos; quiere aparentar tranquilidad pero la ansiedad se la come y los consejos de su psicóloga le quedan lejanos. Cogerá un avión por primera vez a sus 37 años, o lo intentará. Lleva las gafas de sol puestas para ocultar el pánico que desprenden sus ojos. Se quita el jersey, se lo vuelve a poner. Tenerife aparece ya en las pantallas. Mira el suelo fijamente y hace el gesto de levantarse… pero no puede. El miedo sigue siendo más fuerte. Como otras veces ve pasar a la gente; también escucha la última llamada y observa como las azafatas cierran el vuelo. Cuatro horas más tarde se levanta despacio, coge su mochila y vuelve a casa. Este año las vacaciones también las pasará en el aeropuerto.

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Mudanza

Una mudanza inesperada ha desequilibrado su mundo. Así ha sido julio. Un mes de contrastes, de ansiedad, de dudas… y ella no suele titubear. Ella es de las que mira a la vida de cara asumiendo siempre la realidad. Pero la mudanza le ha ganado la batalla. La soledad le ha mostrado la cara más oscura y su orden aparente ha tocado fondo. Las cajas se amontonan en el salón. Empaquetar cinco años es duro, son muchas cosas y la sensación de buscar un nuevo lugar sabiendo que ya tenía ‘el lugar’ la marea. El verano casi se le ha escapado amoldándose a la nueva vida y se contenta pensando en la ilusión de los principios, los que tuvo y los que tendrá.

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Veranos muy buenos

Hay veranos buenos y veranos muy buenos, y este último está siendo de los mejores por planes improvisados, guapo subido, hobbies redescubiertos, fiestas populares, hormonas revolucionadas y amiguismo máximo. Sé que el grado de diversión lo pone uno mismo y que la felicidad eterna no existe, pero simular vivir en un continuo bucle de libertad y despreocupación es contagioso, y así hemos terminado todos, riendo con banda sonora a juego. Así hasta que nos demos cuenta un día de que no somos tan guapos, ni tan divertidos, ni tan amigos, ni tan guays. Y habremos gastado un calendario, o dos, o tres, y la desilusión de vernos del montón nos dolerá durante un rato. Pero para esto todavía falta. Aún quedan unas semanas de buen tiempo, un par de festivales indies y algún vestido de tirantes por estrenar. Aún hay días para ser felices.

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“Everybody wanna live your life”

“Everybody wanna live your life”, esa canción que suena y resuena en todos los rincones donde voy y que he adoptado a modo de lema este verano. Corrijo, había adoptado. En junio, una de las primeras fiestas estivales de mi calendario trastocó la rutina que tengo impuesta desde hace tiempo: salir con mis amigos, bailar, reír, beber, seguir bailando e irme a dormir. Pasos automatizados que consiguen precisamente ese “everybody wanna live your life” por la diversión y tranquilidad que transmiten. Pero algo pasó en junio, entre el seguir bailando y el irme a dormir alguien inesperado rozó mi brazo, y el verano cambió. Una conexión inexplicable entre dos personas tan distintas, por edades incompatibles, por aficiones desvinculadas, por caracteres diferentes y vidas tan separadas, pero pese a todo, una conexión. Supongo que mis ganas de alguien y su idealización tras mucho tiempo pensándome hicieron el resto. Y el resto han sido cuatro meses de altibajos apasionados compartidos, nervios y poca comunicación, con prisas por conocernos, por acabarnos, por pasar página. Cuatro meses que terminaron el sábado con una retahíla de reproches incesantes y un ‘no me gustas’ suyo, y un ‘no me atraes físicamente’ mío. Y ahora estoy huérfana de canción, perdida en valores y sola en conjunto.

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