Espiarse los gestos a distancia

Ella le miró con curiosidad una noche de hace casi seis años en una fiesta en el pabellón. Estaba junto a la barra, hablando con el que era su ‘él’ en aquel momento. Los miró y se encaprichó tanto, que su ‘él’ pudo notar el brillo en sus ojos al saludarle y usó sus mejores armas para desalentarla, hablándole de esa diferencia de edad que les separa. Ahí le perdió la pista. Cambió de ‘él’ varias veces en esos años, y entre distracción y distracción algún día puntual notó unos ojos tímidos puestos en ella. Al girarse despreocupada le veía, pero se convencía de la utopía y seguía con su vida. Le tenía sin tenerle, y no lo sabía. En otra fiesta en el mismo escenario el destino les cruzó, y quisieron dejar las miradas de reojo y apostar por un tenerse cerca demasiado ansiado. Y funcionó solo a ratos. Un poco por esa imagen idealizada tras casi seis años pensándose, un poco por los nervios de hacer realidad un sueño, un poco por forzar un quererse que ya se había marchitado. Les costó dejarse. Ahora vuelven a mirarse de reojo, y se espían los gestos como hacían antes, a distancia.

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