Verdades absolutas

Escucho absorta la conversación de la mesa que tenemos al lado mientras merendamos cupcakes en un bar al lado de la plaza Revolució. Me encanta el discurso del conferenciante, al que miro de reojo cada cierto tiempo. Un chico de unos treinta y tantos, bohemio y vivido, con un mapa mental claro y conciso y unos ideales imperturbables. Él sabe que todos le escuchamos y se explaya en descripciones y explicaciones detalladas, en ejemplos y en citas. Saber que alguien es capaz de citar a terceros sin titubear, con apellidos, años y hasta anécdotas de vida, lo convierte en un imán para mis oídos. Un querer sentarme en su mesa e intercambiar sorbos de café y puntos de vista. A la gente así suele concedérsele ese beneficio de la verdad absoluta. Y a veces esas verdades absolutas, aún sabiéndolas inexactas, vivifican.

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