La ruta del gringo

Compramos los billetes hace seis meses, parecía una eternidad y hoy estamos ya en modo cuenta atrás. En menos de un mes nos vamos a recorrer Perú como hicieron los gringos años atrás. Los garabatos en la moleskine se han ido definiendo, el calendario ya tiene destinos asignados y la mochila y las chirucas ya están encima de la cama. La inmensidad de Machu Picchu y esas ganas de confundirnos con la gente del lugar nos hacen sobrevivir a la rutina de la espera. Caminar cinco días, cruzar ríos en plataformas de estabilidad sospechosa y alcanzar más de cuatro mil metros a modo de reto personal. Dejar la mente en blanco, obnubilados por un paisaje lleno de historia, y encontrarnos con nosotros mismos. Darle al reset vital y empezar de cero, con todo y con todos. Viajar me remueve por dentro, siempre, recolocando sensaciones, revalorando prejuicios, profundizando en sentimientos, perdiendo manías. Viajar me da una nueva oportunidad, y al volver soy otra, un tiempo por lo menos, hasta que la sociedad me engulle y me convierte de nuevo en un clon más.

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